Me llegó la antigüedad

Quiero agradecer a LASA este gran reconocimiento. Mis primeras palabras son de profundo agradecimiento a Javier Guerrero y a las y los integrantes del Comité del Premio Kalman Silvert 2026. También deseo expresar mi gratitud, muy especialmente, a Agnes Lugo-Ortiz y a las y los colegas que tan generosamente apoyaron la nominación.

He estado pensando en lo que significa un premio a “toda una vida”, a lifetime achievement. Esas palabras me dejan con una extraña sensación.  Juan Rulfo, tan atento siempre a la poesía del habla mexicana, recordaba admirado que aprendió de Atahualpa Yupanqui que los porteños en la Argentina decían “le llegó la antigüedad” cuando una persona se acercaba al final de su vida.  Desde ahí quiero hablar, no para lamentarme, sino para mirar retrospectivamente, para recordar, y para hablar del presente. La antigüedad me ha llegado en un momento político especialmente grave. Me permite decir lo que en otros lugares no se puede decir en estos días de libros prohibidos, de guerras a las universidades, a la diversidad sexual, a la memoria, guerras de ultraderechas, de destrucción ambiental, de persecuciones de migrantes, época de genocidios. Hasta los muertos corren peligro, decía Walter Benjamin.

El Kalman Silvert me honra y me conmueve, pues ha sido otorgado a latinoamericanistas de cuyos libros y conversación he aprendido tanto, y que me honraron con su amistad, como Jean Franco, Albert Hirschman y Graciela Montaldo.  Estoy en deuda también con la editorial LARC de LASA por la reedición en 2024 de mi libro Sobre los principios: los intelectuales caribeños y la tradición con un prólogo de Rafael Rojas, dándole así un nuevo sentido a lo que hacemos. Ese libro fue primero publicado por la Universidad Nacional de Quilmes en 2006, en la colección dirigida por Carlos Altamirano, cuyos libros y ensayos han sido decisivos para pensar lo que llamamos historia intelectual. Sobre los principios fue avanzando lentamente durante años.  Me costó tiempo, aprendiendo y desaprendiendo en diálogos y seminarios con mis estudiantes. Los capítulos fueron enriquecidos por los aportes de colegas en conversaciones puertorriqueñas y cubanas, mexicanas, argentinas, colombianas y brasileñas. 

Mi trabajo también se nutrió de diálogos en Princeton con el escritor Ricardo Piglia y con historiadores como Jeremy Adelman e Hilda Sabato, así como con Rolena Adorno, Natalie Zemon Davis, Rebecca Scott y Claudio Lomnitz. Memorables fueron las visitas en aquellos años de la escritora Margo Glantz, de Homi Bhabha, de Gayatri Spivak, y también los libros y la presencia de Toni Morrison. Paralelamente, estoy en deuda con mi colega Pedro Meira Monteiro, traductor y compilador de mis ensayos al portugués. Tituló su antología A memória rota y fue publicada por la Companhia das Letras en Brasil, gracias al apoyo de la historiadora Lilia Moritz Schwarcz. 

Es un placer sumarme a la celebración del 60 aniversario de LASA. Saber que estamos en París nos brinda una oportunidad para ahondar en la verdad, en los mitos y en la mistificación del concepto mismo de América Latina. Me rondan en la cabeza los recuerdos del París que conocí allá por los años sesenta, cuando estudiaba Filología en el Madrid franquista, la España de crueldades fascistas y también de resistencias heroicas. Eran los tiempos de la guerra de Argelia. En visitas a Francia con Alma Concepción, mi compañera, adquirí mis primeros libros de Jean-Paul Sartre y Frantz Fanon, que marcaron mucho mi vida y mi forma de pensar sobre la vida “entre imperios”.

Se va haciendo camino al andar, y así ocurrió con mi vocación caribeñista y latinoamericanista. Aprendí de Albert Hirschman —cuya biografía escribió de forma brillante Jeremy Adelman— que nuestro proyecto latinoamericanista supone cruzar fronteras geográficas e intelectuales, atravesar zonas e historias vedadas por la censura o por los campos de investigación. Necesario, pues, cultivar el trespassing, desafiando las prohibiciones que imponen las tradiciones patriarcales o las disciplinas académicas. Hoy pienso en ese pequeño gran libro de Hirschman, Crossing Boundaries, en el que da testimonio de cómo se van cruzando las vidas humanas, la poesía y las ideas.

Me alegra que el tema principal de este Congreso sea “República y Revolución”, a pesar de que vengo de una sociedad que no ha tenido ni Revolución ni República. Tenemos, sí, una historia de movimientos nacionalistas, anarquistas y comunistas, de largas luchas contra la militarización de nuestro pequeño país, y de debates sobre el concepto de nación y de Estado-nación, tan centrales en Francia.  Los puertorriqueños tenemos, sobre todo, una larga experiencia colonial y de silenciamiento. Por eso algo sabemos de los logros, de las  contradicciones y de los fracasos del bregar.

Sí hubo una notable presencia puertorriqueña en la Francia del siglo XIX. En París vivió durante casi toda su vida, en la segunda mitad del siglo, el doctor Ramón Emeterio Betances, médico, abolicionista radical, y conspirativo luchador incansable por la independencia de Cuba y de Puerto Rico. Betances fue, además, escritor, y su lengua literaria era el francés.  Era una historia oculta y deliberadamente borrada durante mis años de estudiante. A finales de los años sesenta, por razones familiares, estuve cerca de la estudiosa puertorriqueña Ada Suárez Díaz en los días de sus recorridos por las hemerotecas francesas.  Ella fue la primera biógrafa de Betances y era la madre de Alma. Más tarde, tenemos que agradecer el aporte de las investigaciones minuciosas de Paul Estrade y los trabajos de Félix Ojeda.

Gracias a la visión elaborada por el gran intelectual palestino Edward Said, aprendí que nuestro latinoamericanismo se enriquece cuando cobramos conciencia de que los imperios, tan crueles, también crean espacios en los que se desarrollan nuevas conexiones culturales y políticas. Entonces aparece un complejo fluir de miradas y voces, y una historia de alianzas políticas. En esos espacios se multiplican las traducciones, las relaciones afectivas y culturales, y se producen confrontaciones de visiones de mundo. Es lo que vemos en el ejemplo de Betances o en el de José Martí, lector de Emerson y de Whitman. Esas relaciones, complejas, también nos permiten leer la potencia poética de salidas y retornos en la obra de Aimé Césaire y Édouard Glissant, o, en el presente, los relatos diaspóricos de la escritora haitiana Edwidge Danticat. El libro de Said, Cultura e imperialismo, abre las puertas a una reflexión más profunda sobre nuestro tiempo.  

El año pasado, un amigo brasileño, el escritor Tiago Ferro, me pidió un testimonio sobre la obra del intelectual brasileño Roberto Schwarz. Releí entonces algunos de sus ensayos. Al mismo tiempo, estaba releyendo el libro tan extraordinario de Hannah Arendt, Hombres en tiempo de oscuridad. Admiro la pasión de Arendt por encontrar en cada una de las vidas que estudia —Rosa Luxemburgo, Bertolt Brecht o Walter Benjamin— la fortaleza y la lucidez moral. En su sobrecogedor Prefacio, Arendt escribió: “Que aun en los tiempos más oscuros tenemos el derecho a esperar cierta iluminación, y que dicha iluminación puede provenir menos de las teorías y conceptos que de la luz incierta, titilante y a menudo débil que algunos hombres y mujeres reflejarán en sus trabajos y sus vidas bajo casi cualquier circunstancia y sobre la época que les tocó vivir en la Tierra”. El nivel iluminador de esas vidas y obras son la esperanza que nos sostiene en medio de la deshumanización. Es lo que siento cuando pienso en Schwarz y en otras y otros intelectuales y artistas que me han marcado. El poeta mexicano José Emilio Pacheco escribía algo semejante en 1968 con la Matanza de Tlatelolco al fondo: las tinieblas nos cercan/ pero la luz llamea.

Ahora que me llegó la antigüedad, recuerdo algunas de las iluminaciones que me sostienen. Recordar es también un modo de arraigo. Pienso que la transformación más radical en mi vida ocurrió durante mis años de estudiante y luego como profesor en la Universidad Pública de Puerto Rico, en la ciudad de Río Piedras.  En medio de la voracidad capitalista y del contexto colonial represivo, lo crucial fue el descubrimiento de formas de pensar, de leer, de tomar la palabra, y de sueños y utopías.

En mis beginnings estaban figuras como Margot Arce de Vázquez, Nilita Vientós Gastón y José Luis González.  Con Margot Arce me inicié en los estudios de poesía española y en la lectura de Luis Palés Matos. Encarnaba la pasión por las humanidades y era una profesora rigurosa.  Admiré también su fidelidad a la lucha independentista y su solidaridad con la República española. Nilita Vientós dirigió durante décadas la revista literaria Asomante, y en 1970 fundó otra, Sin Nombre. Desde las revistas fue creando una red de relaciones entre poéticas, lugares y exilios diversos. Nilita fue asimismo ejemplar en la lucha jurídica contra los latifundios azucareros, y se destacó en los pleitos por la enseñanza en lengua española en la colonia, así como en las protestas contra las armas nucleares.

El escritor José Luis González, comunista desde muy joven, tuvo que exiliarse en México en los años cincuenta y no pudo regresar a Puerto Rico hasta los años setenta. Fue entonces cuando lo conocí y nos hicimos amigos. En México, González fue traductor, editor y profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México. Le debemos las traducciones de las biografías de Isaac Deutscher y la revisión de la traducción de los Cuadernos de Gramsci publicados por Ediciones Era. González, buen conocedor de la literatura norteamericana, recalcó siempre la necesidad de vincularnos a las redes latinoamericanas.

Decisivos en mi formación caribeñista fueron la energía de las movilizaciones contra el servicio militar obligatorio durante la guerra de los Estados Unidos en Vietnam, los debates sobre socialismo y democracia suscitados por la Revolución cubana, las revistas y los libros publicados en Cuba y las discusiones en torno al vínculo entre arte y política. Y en Río Piedras, siempre cerca de la Universidad, la poesía, la música, la canción, y otras prácticas artísticas y críticas en aquella década de terror y también de resistencias y utopías. Fueron los años de la revista La Escalera, mimeografiada, de breve vida pero larga resonancia, dirigida por los profesores Gervasio García, Georg Fromm y Ani Fernández Seín. Aprendí mucho del periodismo valiente de César Andreu Iglesias.  Gracias a Alma, conocí de cerca el trabajo colectivo deslumbrante de la danza-teatro del Taller de Histriones. Atesoro los destellos de la obra gráfica de Lorenzo Homar, Rafael Tufiño, José Antonio Torres Martinó, Antonio Martorell, Consuelo Gotay, la pintura de Myrna Báez, los relatos y el teatro de Luis Rafael Sánchez, la voz inconfundible de Angelamaría Dávila, los relatos de Rosario Ferré, el descubrimiento de la palabra poética y política de Julia de Burgos.  A esto debo añadir el papel clave de Ángel Rama y Marta Traba en Puerto Rico a principios de los años setenta; nos conectaron con una nueva literatura y arte latinoamericanos, y, simultáneamente, dieron a conocer a nuestros escritores y artistas. Gracias a Rama pude conocer un poco la Caracas de los años setenta y presenciar la fundación de la Biblioteca Ayacucho.

Hoy vuelve a mi memoria otra experiencia fundamental en mi formación, una pequeña comunidad paralela a la Universidad. Me refiero al Centro de Estudios de la Realidad Puertorriqueña (CEREP), un grupo de jóvenes estudiosas y estudiosos al cual pertenecía en los años setenta. Nos reuníamos con el propósito de repensar nuestra historia y de abordar temas olvidados o prohibidos: las clases sociales, la esclavitud, la represión política, las cuestiones de género y la negación del racismo. Se trataba de adquirir juntos las herramientas conceptuales para seguir pensando e investigando. El colectivo estaba integrado por jóvenes historiadores, sociólogos y economistas, activistas muy influidos por nuevos marxismos críticos y por un nuevo feminismo, con muchas afinidades con estudiosos y militantes de la diáspora puertorriqueña como Frank Bonilla y Juan Flores, que en Nueva York sentaban las bases para la transformación de las instituciones académicas y culturales dominadas por el racismo y las jerarquías patriarcales.  Había una gran efervescencia intelectual y política. Entre los fundadores de CEREP, destaco los nombres de Marcia Rivera y Ángel Quintero. Más tarde, Marcia pasó a ocupar el puesto de secretaria ejecutiva del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). La solidaridad de los miembros de CEREP me permitió imaginar y fundar una colección de ensayos para Ediciones Huracán.

Para cerrar, quiero volver a Kalman Silvert. Sabía poco de él, pero recordaba una bella semblanza que publicó Richard Morse, otro de los fundadores de LASA, quien fue profesor en la Universidad de Puerto Rico. Morse celebraba la amplitud de conocimiento de Silvert y su compromiso con Latinoamérica. Tenía presente asimismo las investigaciones latinoamericanistas que Silvert había llevado a cabo, algunas en colaboración con el sociólogo Frank Bonilla, quien después fue uno de los fundadores del Centro de Estudios Puertorriqueños en Nueva York junto con Nélida Pérez, Ricardo Campos y otros.  Pocos días después de que de LASA me anunciaran que me había llegado la antigüedad, me puse a leer los testimonios y estudios recopilados en el volumen de LASA dedicado a Silvert, preparado por Abraham Lowenthal y Martin Weinstein.

Me cautivó el libro póstumo de Silvert, titulado The Reason for Democracy, publicado en 1977, hace ya casi cincuenta años.  Inspiradoras desde el prólogo su mirada de hijo de migrantes, su pasión por la democracia y también su desafiante crítica a la política imperial de los Estados Unidos. El último de los ensayos se titula “The Reason for Freedom”.  Ahí Silvert, desilusionado, denunciaba sin ambages la represión a los críticos de la guerra de los Estados Unidos en Vietnam, el apoyo a las dictaduras militares, la ocupación de la República Dominicana, y defendía con vehemencia la libertad de pensamiento en el mundo académico. Estamos ya en el abismo, no nos queda tiempo, escribía metafóricamente a finales del primer ensayo. Es como estar en medio de una autopista a la hora del rush, es decir, amenazados de muerte por el autoritarismo: We are on a freeway at rush hour. Todo puede ser arrasado: la libertad, los derechos, las instituciones que hemos creado. El libro póstumo de Silvert pone de manifiesto la conciencia democrática de los fundadores de LASA.

Silvert ya no puede regresar. Nosotros tampoco podremos. Pero el Terror sí vuelve. También vuelven las vidas y las palabras luminosas que nos alientan. En esos ensayos de uno de los fundadores de LASA, como en la obra de artistas y escritores que nos siguen inspirando, siento la luz esperanzadora en tiempos de oscuridad.