Las enseñanzas de Arcadio

Tomé esta invitación como una oportunidad para recomponer, siguiendo los pasos de Arcadio y sus enseñanzas, la “memoria rota” de un tiempo tan radicalmente diferente al actual, los comienzos de los años 90, en la universidad de Princeton. En esos años, cuando llegué a Princeton, Arcadio llevaba ya varios años escarbando un lugar para los estudios latinoamericanos dentro de un departamento de Romance Languages and Literatures colonizado por los franceses —que, entonces, despreciaban a los latinoamericanistas— y donde, también, hay que decirlo, persistía un dejo del colonialismo español.

Allí, en East Pyne Building, en el último piso, alejado de todo pasillo y sus chismes y odios, fuera de esos espacios donde el murmullo se convierte en lobby, la oficina de Arcadio, con sus grabados de Lorenzo Homar y Consuelo Gotay, sus bibliotecas tapizadas de nuestros libros, el escritorio atiborrado de papeles, más libros, chirimbolitos, recuerdos de países latinoamericanos, fotografías en las paredes y olor a tabaco, había un espacio que de algún modo también nos pertenecía. O en el que al menos nos sentíamos menos extranjeros. Mientras escribo estas líneas, me veo con treinta años menos subiendo esas escaleras, con la expectativa alegre de encontrarme con Arcadio, intacta. 

En esa universidad y en esos años, Arcadio había construido una trinchera: el Program in Latin American Studies, del que fue director durante los años en los que afortunadamente estudié en Princeton. Dudo si usar esta metáfora bélica, y encuentro otra, con la que ahora mismo la reemplazaré, pero no quiero abandonar el campo semántico de la guerra tan rápidamente. Quiero reconocer que muchas veces, él, y nosotros, los estudiantes latinoamericanos, así nos sentíamos: en medio de fuego cruzado, en una guerra que no podíamos comprender muy bien, que parecía antigua y sin embargo estaba todavía tan viva. Gracias a Arcadio fuimos aprendiendo de a poco “el arte de bregar”, no tanto para sobrevivir —que lo hicimos— sino para en esa sobrevida ir ganando terreno, fortaleciendo vínculos, creando comunidades, inventando mundos.

El trabajo de Arcadio en ese espacio, primero en un edificio cercano a la Woodrow Wilson School, sobre Prospect Avenue y luego en la bella Joseph Henry House, fue descomunal. Allí recalaron los intelectuales latinoamericanos y latinoamericanistas más brillantes de esa generación: Sylvia Molloy, Ricardo Piglia, Julio Ramos, Graciela Montaldo, Raúl Antelo, Francine Masiello, Lucho Millones, Juan José Saer, Hilda Sabato, Beatriz Sarlo, Roberto Schwarz. En ese contexto, el Program in Latin American Studies se sentía como un refugio – he cambiado la metáfora. Una casa, realmente; nuestra casa. Para los latinoamericanos que llegábamos recién a los Estados Unidos desde nuestros diferentes países latinoamericanos, desde nuestras diferentes tradiciones de pensamiento anticolonial y antiimperialista, con cierto recelo y algo de culpa, quizás —estábamos viviendo "en las entrañas del monstruo", como decía Martí—, el Program in Latin American Studies nos demostraba que Estados Unidos era más que sus políticas de Estado y su imperialismo y que estaba hecho también de comunidades hispanas que le otorgaban una gran riqueza y vitalidad.

Y era precisamente eso lo que estudiábamos con Arcadio en sus seminarios: “Intelectuales caribeños y guerra”, “Poesía y exilio”, “Memoria y literatura”, en los que la poesía de Palés Matos se entrelazaba con la bomba y la plena, los textos de Antonio Pedreira y Tomás Blanco desplegaban una cultura caribeña en sintonía con los trabajos de Frantz Fanon y Edward Said, las luchas de clase, el racismo, el capitalismo colonial, la migración y las desigualdades de género encontraban en la literatura y la poesía, pero también en “las comidas profundas”, su mejor expresión. Son los ensayos de La memoria rota, cuya publicación en 1993 recibíamos con jolgorio y, en cuanto estudiantes, al leerlos, descubríamos que la docencia era, sobre todo, también escritura. Era el Caribe, pero era también un mundo en el que el Caribe se entrelazaba con el resto de América Latina y con el contexto intelectual que en esos años fermentaba el pensamiento poscolonial, que también se nutría de los seminarios de Arcadio, por donde pasaban como invitados Gayatri Spivak, Gyan Prakash, Edward Said, Homi Bhabha. Venían, de la mano de Arcadio, a nuestra casa, esa sala de la Joseph Henry House en donde entre los cinco u ocho latinoamericanistas que tomábamos el curso, y de la mano de los estudios poscoloniales, la literatura era el terreno sobre el que se discutía el mundo: el que había existido, el que existía, pero también el que queríamos imaginar —todavía— que algún día existiría.  The World and the Home, the unhomely, en las palabras de Homi Bhabha.

Esos seminarios de Arcadio, ese diálogo con esos otros mundos coloniales, nos enseñaban que las comunidades no son identidades, sino historias compartidas, no son lenguas, razas y religiones, sino vínculos construidos en la lucha de sujetos históricos, y que su estudio implicaba dibujar y perseguir, pero también construir, archivos de experiencias sumamente contradictorias, cuyas ambivalencias no podían reducirse en historias y argumentos simples, y que muchas veces la literatura, la narrativa y la poesía elaboran con mayor precisión y matices.

Se ha escrito sobre la prosa “elegante” de Arcadio y sus análisis exquisitos; me gustaría situar esas marcas de escritura dentro de este mismo contexto de luchas por formas de saber y de construir conocimiento que son parte de las enseñanzas de Arcadio. Esta vez, de las enseñanzas de sus libros sobre cómo construir archivos, desplegar argumentos “generosos con el lector” —siempre repetía estas palabras al leer alguno de los capítulos de tesis que le entregaba— y ejercer una escritura díscola de modelos académicos anquilosados.

Quisiera terminar con una última enseñanza de Arcadio, cuyo efecto reconocí recientemente, el 8 de febrero de 2026. Como muchos recordarán, esa noche Bad Bunny cantó en el Super Bowl. Confieso que yo entonces apenas conocía a Bad Bunny. No lo había escuchado ni sabía que mis hijos, ahora en sus late twenties y viviendo en sus propias casas, sí lo escuchaban. Pero cuando a la mañana siguiente todo el mundo hablaba de Bad Bunny y sus canciones, pude reconocer en esa música las tradiciones de la bomba y la plena, las referencias al sapo concho y la rana coquí, los levantamientos de los movimientos independentistas en Puerto Rico y la americanización de la isla. DeBÍ TiRAR MáS FOToS, treinta años después de esos años en Princeton, fue una nueva oportunidad para reconocer la potencia de las enseñanzas de Arcadio. En esa ocasión le escribí un mail a Arcadio reenviándole una nota salida en Página/12 sobre la performance de Bad Bunny en el Super Bowl que, como es reciente, aún pude encontrar en el archivo más que efímero del mail. Quisiera terminar reproduciéndolo aquí:

27 de febrero de 2026

Querido Arcadio,

Siempre pensando en vos, en ustedes, en los años en Princeton y en todo lo que aprendí con vos de América latina, pero hoy, con esta nota, todo lo vivido se me hizo carne en una imagen del pasado: tu seminario en la Joseph Henry House, la bomba y la plena, y toda esa maravilla de curso donde, como decía Juan Carlos Quintero Herencia, “la mesa estaba muy bien servida”: la rana coquí, Palés Matos, la guagua aérea, la lucha por la Independencia.

Muchas saudades, querido.

Besos para vos y Alma