José Bengoa, trayectoria intelectual y compromiso con los derechos indígenas y campesinos*

La cercanía durante más de cuarenta años de vida en común podría ser una enemiga para hablar de la trayectoria de José Bengoa (en adelante Pepe) y de su papel en Chile como intelectual y activista. Sin embargo, como diría De Certeau, el haber convivido por largo tiempo con él me permite situar el “lugar de producción” de su extensa obra y de la relación de sus ideas con las luchas por los derechos de los pueblos indígenas y del campesinado.

Pepe estudió Filosofia en Valparaíso. Se hizo antropólogo e historiador en el curso de su vida. Obtuvo el Premio Nacional en Ciencias Sociales y Humanidades en octubre del 2025. Estuvo a cargo de la Ley Indígena promulgada en 1993 en el primer gobierno posdictadura; formó parte de la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra, fue rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano en dos ocasiones y cofundador de la ONG SUR y de la revista Proposiciones; fundador de la Escuela Campesina Águila Sur bajo la dictadura y cofundador de la Escuela Popular Campesina Curaco de Vélez, que hoy lleva su nombre.

Síntesis de su obra: géneros, temas y problemas

Una síntesis de su obra parece indicada para urdir los pasos que marcan su trayectoria, aun cuando voy a referirme a sus primeras investigaciones y a los vínculos de estas con los pueblos indígenas y el campesinado chileno.

Pepe comenzó sus estudios en el mundo agrario, priorizando investigaciones relativas al ejercicio del poder hacendal, la subordinación campesina, la reforma y contrarreforma agrarias, pero los pueblos indígenas representaron su mayor interés desde fines de la década de los setenta, tras haber regresado a Chile luego de vivir en Argentina, Perú y Ecuador después del golpe de Estado de 1973. Este interés se mantuvo en el tiempo, más aún cuando la militarización de la Araucanía representó, como hasta ahora, el fracaso, más bien la ausencia, de un entendimiento político de parte de distintos gobiernos con las organizaciones indígenas.

De otro lado, pensaba que no podía comprenderse nuestro país sin conocer el peso de la cultura y el poder hacendal forjados en el Valle Central chileno, negando además el zócalo indígena sobre el cual se asentó la sociedad chilena tras siglos de luchas de resistencia, primero bajo la colonización hispana y más tarde de la política de reducción territorial republicana de las cuales fueron víctimas el pueblo mapuche y otros pueblos originarios.

Los temas y problemas derivados de los silencios de la historia oficial sobre el pueblo mapuche y las consecuencias del régimen de hacienda que dominó al campesinado durante varios siglos fueron preocupaciones permanentes a lo largo de su vida. Es decir, los pueblos indígenas y el campesinado no constituyeron solo etapas de su producción intelectual, sino que estuvieron presentes en su cercanía con los actores sociales involucrados.

Un segundo momento de producción se despliega entre los años 1996 y 2021. Se trata de textos de carácter ensayístico que construyen diálogos entre pasado y presente e hipótesis interpretativas acerca de la sociedad contemporánea chilena y los embates que produjeron en sus integrantes la dictadura y el neoliberalismo. Como afirmaría Laura Rita Segato, el ensayo ha sido una narrativa propia de América Latina y este es el género de los textos sobre las “comunidades” que incursionan variados temas y problemas de nuestro país desde las permanencias y continuidades habitadas por memorias y olvidos, fragmentaciones, sublevaciones, derrotas, sueños, utopías. Algunas de sus obras ensayísticas son: La comunidad perdida. Ensayos sobre la identidad y cultura: los desafíos de la modernización en Chile (1996/2009); La comunidad reclamada. Identidades, utopías y memorias en la sociedad chilena actual (2006); La comunidad fragmentada. Nación y desigualdad en Chile (2009); La comunidad sublevada. Ensayos y crónicas (2021).

Su obra concluye con las crónicas amerindias: Viaje a Caral. Crónica acerca de la larga historia de América y la resistencia de los pueblos indígenas (2023) y Viaje a Potosí. Regreso de Caral. Crónicas acerca de la larga historia de América, el exterminio, el mestizaje y elogio del indigenismo (2025).

Estos no fueron los únicos textos escritos bajo el género crónica, ya que el año 2019 escribe Crónicas de la Araucanía. Relatos, memorias y viajes.

A diferencia de la Crónica de la Araucanía, centrada en el paso de la cuestión étnica a un tema público y político central en el país, las dos crónicas amerindias de los viajes a Caral y Potosí son textos escritos pensando mucho más allá de las fronteras nacionales. Estos textos entre otros de los temas que cuestionan lo hacen frente a las narrativas sobre los tiempos históricos latinoamericanos impuestos desde el “viejo mundo”: ese “nuevo mundo” nombrado desde el occidente europeo habida cuenta de las cronologías nada de nuevas, entre otras las de Caral, un sitio aledaño al río Supe en el actual Perú, de una estructura urbana de más de 5000 años, que abre a la pregunta: ¿Qué tan nuevo entonces es nuestro mundo?

A la vez, este mismo texto discute desde las producciones culturales plasmadas en ceramios de las culturas que habitaron la costa norte peruana con las narrativas sobre las sexualidades que precedieron al hecho colonial hispano. El cristianismo se impuso desde entonces a las prácticas sexuales expresadas en las representaciones de los pueblos originarios de América imponiendo, a lo menos discursivamente, las ideas que trajeron a cruz y espada los conquistadores y la Iglesia católica.

El siguiente viaje, el Viaje a Potosí en Bolivia, discute y problematiza el significado del extractivismo de la colonia española en el caso de la minería de la plata y el papel que esta tuvo en la acumulación originaria europea. Se agrega a este texto un merecido reconocimiento al indigenismo mexicano. Así, los viajes que emprendió Pepe, plasmados en sus dos últimos libros, salieron de Chile, se pensaron en otras escalas y problematizaron las relaciones coloniales en distintos tiempos y lugares mucho más allá del país nuestro, este lugar al fin del mundo.

Transitando entre distintos géneros se construye el itinerario intelectual de nuestro Pepe, quien nos lega a los que permanecemos estudios, ensayos y crónicas que van desde la resistencia indígena, una institución de larga duración como la hacienda atada al sistema de servidumbre que modeló la vida del campesinado por varios siglos hasta la reforma agraria, los cambios y continuidades en la sociedad chilena fruto del cruce de su historia y su presente, plasmado en sus libros sobre las comunidades y, finalmente, las crónicas en los textos sobre los viajes, rompiendo nuestras fronteras y pensando América.

Pueblos indígenas y campesinado en Chile

¿Qué lo hizo escribir la Historia del pueblo mapuche el año 1984? Tal vez la histórica capacidad de resistencia de este pueblo,[1] tal vez el desprecio visible en la historiografía chilena del siglo XIX.[2]

La diáspora pos-golpe de Estado en Chile llevó a Pepe a Buenos Aires, a Lima, a Quito. En estas dos últimas ciudades dio clases en universidades y escribió sobre la derrota campesina causada por el golpe de Estado en Chile y la contrarreforma agraria de la dictadura. Conocí a Pepe en un seminario de agraristas en Quito 1977. De vuelta a Chile en el año 1978, él de Ecuador, yo de Francia, iniciamos el año 1980 una vida juntos. Sus reflexiones y nuestras conversaciones, recuerdo, colocaban en el centro de las preguntas de esos años el por qué los investigadores agrarios del mundo andino apenas veían a los indígenas pese al peso que aymaras, quechuas y otros pueblos indígenas tenían en países como Perú, Ecuador y Bolivia, sumado al enorme legado dejado por Mariátegui, Arguedas, Alegría, entre otros autores que escribieron sobre la cultura de los pueblos indígenas.

Comentaba en ese entonces que en la universidad se estudiaba al campesinado, y los referentes teóricos que pesaban en la mayoría de los investigadores estaban más bien alejados de los autores recién nombrados y de los grandes pensadores latinoamericanos. Llegó entonces a Chile, cofundó SUR, una ONG que cobijó a los disidentes de la dictadura y emprendió viajes a los largos terrenos al sur del país en búsqueda de testimonios orales de miembros de comunidades mapuche y dirigentes que, en esos años, ya hacían visible un emergente movimiento indígena de resistencia a la desposesión y división de sus tierras de parte de la dictadura. La Historia del pueblo mapuche fue el inicio de un largo camino que transitó por la legislación indígena de 1993, de la cual estuvo a cargo en el primer gobierno posdictadura, hasta estudios históricos junto con otros que colocaron con mucha fuerza en el debate de los 500 años de colonización/conquista hispana la cuestión indígena en Chile y América. La idea del “encuentro” en los 500 años se leyó por los pueblos indígenas americanos como genocidio, como desposesión. La participación en la ONU en la Comisión de Derechos Humanos constituyó otro lazo con los pueblos indígenas de distintas latitudes, en la búsqueda de consagrar derechos y el reconocimiento de parte de los Estados. La Historia del pueblo mapuche fue más que un libro, fue un camino que acompañó la lucha mapuche y la de otros pueblos indígenas.

Grandes propietarios de tierras y campesinado

La cuestión campesina no dejó de representar para Pepe un problema crucial en nuestras sociedades, que transitaron a partir del golpe de Estado del año 1973 el camino de la neoliberalización y el abandono de los frágiles estados de bienestar mediante las políticas de shock impuestas por la dictadura. La reforma agraria (1964-1973) fue para Chile la reforma política más importante del siglo XX; durante la Unidad Popular, gobierno de Allende, Pepe participó de la concreción de esa ley y de la ley de sindicalización campesina de 1967, mientras que en los primeros años de exilio escribió textos sobre ese proceso y luego sobre la derrota campesina, cruelmente ejercida a manos de los militares y terratenientes con inusitada saña y violencia. El campesinado, especialmente los inquilinos de las grandes haciendas, formaban parte de un sistema semiservil que se extendió por varios siglos sin mayores modificaciones, pasando de manos de agentes coloniales a agentes republicanos. Pionero en la sindicalización de los mineros y de la emergente clase obrera urbano-industrial, el sindicalismo chileno fue gravitante en las conquistas obreras del siglo XX. En cambio, a los campesinos se les prohibió sindicalizarse e  incluso se limitó su organización bajo los gobiernos del Frente Popular, en virtud del peso político de los gremios patronales agrarios sostenidos en la Sociedad Nacional de Agricultura. Ello condujo a nuestro pensador a volver al problema de la dominación hacendal sobre el inquilinaje, habida cuenta de que las grandes obras acerca del tema —como las de Borde y Góngora en el Valle del Puangue, y las de Baraona, Aranda y Santana en el Valle de Putaendo— se localizaban en la zona central del país y dejaban al descubierto una larga geografía de apropiación de las mejores tierras por parte de la oligarquía agraria y propietarios de distinta talla, entre otras las de las comunidades mapuche en el sur del país. La Historia social de la agricultura chilena en dos tomos (1985) abunda en nuevos datos acerca del ejercicio del poder de los dueños de la tierra sobre inquilinos y campesinos, gracias al acopio de nuevas fuentes, como las tesis de agrónomos de las universidades de Chile y Católica, que pormenorizaban las diferenciaciones y similitudes entre grandes propiedades y el ejercicio del poder de los dueños de la tierra sobre el campesinado. Ello daba cuenta de la coexistencia de un sistema de servidumbre con procesos de industrialización de la agricultura, especialmente viñas y frutales, que abrió paso a relaciones capitalistas de producción.

Consistente con su cercanía con la organización campesina en los años ochenta, pos-golpe de Estado, Pepe participó de la formación de la asociación gremial campesina Solidaridad Campesina, luego CONAPROCH, y de la revitalización de las Confederaciones Sindicales Campesinas reprimidas y prácticamente eliminadas por la dictadura, prosiguiendo luego con los permanentes lazos con el mundo campesino con la publicación de denuncia Reforma agraria y revuelta campesina. Seguido de un homenaje a los campesinos desaparecidos. Este libro sacó a la superficie la brutal venganza terrateniente sobre la dirigencia campesina e indígena que se constituyó durante la reforma agraria, revelando matanzas y desapariciones de quienes desobedecieron al orden hacendal y a la apropiación de los colonos de las tierras indígenas al sur del Bío Bío.

Una reflexión interesante es construida a la luz de estos procesos en los que a la derrota campesina se le contrapone la emergencia de nuevos movimientos sociales en América Latina: el movimiento indígena y el movimiento de mujeres campesinas. De su lado, la participación en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU le permite contribuir y llevar adelante demandas de distintas ONG y organizaciones sociales campesinas e indígenas, para establecer la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Campesinos y de Otras Personas que Trabajan en zonas rurales (2018).

Me propuse distinguir distintas etapas en la obra de Pepe antes de profundizar en el lugar que para él tuvo el mundo indígena y campesino, con el fin de distinguir sus estudios sobre los pueblos indígenas y el campesinado de los ensayos sobre la “comunidades” y sus crónicas amerindias plasmadas en los “viajes”. Pensar sobre la sociedad chilena y construir reflexiones e hipótesis sobre América Latina no fue lo mismo que su permanente cercanía con las luchas mapuche y campesinas de las cuales nunca tomó distancia.

Una educación “por abajo” para hijos e hijas de campesinos e indígenas

En este campo de relaciones de un investigador/escritor con actores sociales en lucha por derechos y reconocimiento me parece importante incluir su labor en la creación de las escuelas campesinas.

Entre las labores organizativas que desarrolló desde la ONG SUR en la década de los ochenta se encuentra la creación de la Escuela Campesina Águila Sur, que se ubicó en las cercanías de Santiago. Fue una iniciativa fundada a partir de una pedagogía “desde abajo” en la tónica de los principios de la educación popular. El campesinado había sido derrotado, aniquilados sus sindicatos, perseguidos y desaparecidos sus dirigentes, reducidas las tierras logradas con la reforma agraria, restituidas y rematadas las tierras indígenas recuperadas durante el gobierno de Allende (lo que dio lugar a la conformación de las grandes empresas forestales hasta ahora en disputa por organizaciones mapuche).

Desde ahí crece en Pepe la idea de encarar esta derrota levantando la cabeza y dando lugar a los jóvenes a pensar y construir un futuro en un contexto adverso y represivo.

Bajo la consigna “Barrer, Cocinar y Conversar” animó esta propuesta educativa que iba desde construir una casa, diseñar un huerto, plantar, cultivar, cosechar alimentos y así en adelante hasta abordar el cultivo de la tierra, el uso del agua, el tratamiento de las pestes y lo que requiere la vida en al campo, incluyendo las tareas domésticas, todo ello en paralelo al estudio de la historia del país, la sociedad y sus habitantes.

En esta primera experiencia educativa se involucraron 86 jóvenes, hombres y mujeres, que de retorno a sus lugares de residencia emprendieron variados caminos involucrándose en distintas instituciones y trabajos, y prosiguieron sus estudios hasta competir en elecciones municipales, llegando a ocupar algunos el cargo de alcaldes o concejales.

Lo singular de esta experiencia animada por Bengoa es la capacidad de reproducción de esta “pedagogía por abajo” en cuanto alumnas de Águila Sur reprodujeron la Escuela Campesina en sus lugares de origen: en Curaco de Vélez en la isla Quinchao del archipiélago de Chiloé y Rauco en el Maule. La Escuela de Curaco de Vélez, por decisión de sus integrantes, acaba de tomar el nombre de Escuela José Bengoa.

Despedida de sus hermanos indígenas

Para finalizar este homenaje plasmado en el Premio LASA/OXFAM y en memoria de nuestro compañero, colega y amigo, prefiero dejar hablar a algunas personas que lo conocieron.

Antonio Mamani, dirigente aymara originario de una comunidad andina del altiplano chileno, en sus condolencias nos transmitía estos sentimientos:

“Por medio de la presente vengo junto a mi familia a entregarte nuestro pésame por el fallecimiento de nuestro gran Jilata [hermano en español] José Bengoa […] Que la Pachamama lo cobije en su seno eternamente […] nos queda el recuerdo del gran trabajo y compromiso con los sectores desposeídos, y queda en la historia el gran trabajo y apertura de las puertas a los pueblos indígenas con la sociedad chilena. Nuestro reconocimiento infinito con su compromiso.

Jallala, Jallalla.”  [bienvenida a la vida, que así sea, que los sueños se concreten, en español].

Un joven mapuche[3] escribió días después de su muerte, refiriéndose a Bengoa como “el hombre sabio que aprendió a escuchar”. Para él, la Historia del pueblo mapuche irrumpió en la historia oficial dando cuenta de “una parte importante de la historia de Chile [que] dejó de ser narrada desde los centros elitistas del poder académico para ser reconstruida desde los márgenes de la resistencia”. “Su vínculo con el pueblo mapuche no fue el de un simple observador ni el de un académico que estudia desde la distancia como muchos de sus contemporáneos […] durante más de cinco décadas, su trabajo contribuyó a instalar en el debate público la historia de las demandas y las tensiones de un pueblo que por largo tiempo fue relegado a los márgenes del relato oficial”.

Quién escribió estas líneas, Marcos Valdés, comenta sobre el premio otorgado por el Estado de Chile a Pepe con estas palabras: “En octubre del 2025 recibió merecidamente el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales. Dedicó su premio a “sus amigos mapuche”. No lo dedicó a la Academia, ni a las instituciones, ni a la historiografía. Lo dedicó a aquellos que le habían enseñado, a los que habían confiado en él, a los que siguen esperando que Chile los escuche”. Agrega cerrando su texto en memoria de Pepe: “Cinco meses después, aborda el Wampu [canoa, en español] que lo llevará al nomelafken [mar] de nuestros ancestros, allí seguramente seguirá parlando con sus pulonkos [autoridades], escuchando sus historias, regocijándose en sus anécdotas y aventuras de cuando el pueblo mapuche transitaba libremente entre los océanos”.

AFAFANN PEPE BENGOA. AFAFANN [alegría, fuerza y resistencia, en español].

*Texto leído durante el panel LASA/OXFAM America, Martin Diskin Memorial, París, 29 de  mayo de 2026.

Notas

[1] Sobre la capacidad de resistencia del pueblo mapuche, Álvaro Jara, chileno, Premio Nacional de Historia en 1990, escribió en Francia Guerre et Société au Chili. 1540-1612. Essai de sociologie coloniale (París, IHEAL, 1961).

[2] “Todas las relaciones que tenemos nos pintan a estos indios como perezosos e imprevisores” [….] “Reservados i sombríos por naturaleza, los indios chilenos casi desconocían la conversación franca i familiar del hogar; sólo tenían algunas horas de espansion en sus borracheras, i aún entonces en lugar de dar libre vuelo a los sentimientos amistosos, dejaban con preferencia estallar sus odios i convertían la fiesta en una riña sangrienta”, cit. en Diego Barros Arana, Historia Jeneral de Chile, Tomo I, Santiago de Chile: Editorial Rafael Jover, 1884, p. 109.

[3] Marcos Valdés, sociólogo PUC, carta del 9 de abril de 2026.