Arcadio Díaz Quiñones: MAESTRO

Son los setenta. En la maestría en Literatura Comparada en la Universidad de Puerto Rico, en Río Piedras, tomo por primera vez un curso con Arcadio Díaz Quiñones. Leemos la colección de ensayos Estética y marxismo, recopilada por Adolfo Sánchez Vázquez. En aquel pequeño salón en el que apenas cabíamos siete u ocho estudiantes sin rozarnos los codos, Arcadio nos ha asignado los textos. A una compañera —poeta engreída ella, con ínfulas de Alejandra Pizarnik ella— le ha tocado dar el informe sobre “El arte como lenguaje”, de Galvano della Volpe.

No es que el texto de della Volpe no fuera vericuetado —a lo que contribuía, creo, la mala traducción al español—…

…pero… a tan solo cinco minutos de ella iniciar su informe, abundante en incoherencias y trabalenguas con humos de dominio de los códigos críticos a la usanza, Arcadio la detuvo. Le dio las gracias muy amablemente —ya sabemos cómo es Arcadio— y dijo, también muy amablemente, que él daría el informe. La defenestrada, quieta y al borde del llanto, aceptó su destino y permaneció callada mientras yo me decía: “Tengo mucho que aprender de este señor…”.

Acostumbrados como estábamos a que, incluso al nivel de maestría, los profesores dejaban pasar como “informe” el cuentito liviano que hacía el estudiante sobre un polémico texto asignado, ante el gesto de Arcadio me dije: “Aquí hay una forma diferente de ser profesor. Hay una valentía, una ética”.

Poco después, fui expulsada de la universidad, junto con otros estudiantes, por participar en un piquete frente a Rectoría. Hubiera querido que me expulsaran por algo más grave, dados los tiempos turbulentos que vivíamos entonces en Puerto Rico y, en consecuencia, en los núcleos universitarios.

Pero me desvío. Lo que quiero decir es que, mientras lidiábamos con las escasas posibilidades de lograr representación legal, fue Arcadio quien tuvo la iniciativa de convocar a los profesores de la Facultad de Humanidades para que se expresaran en contra de nuestra expulsión y reclamaran nuestra restitución. Ganamos el caso y, cuando nos reintegraron, nos indemnizaron con 1 dólar por estudiante… una fortuna.

Es en esos años que Arcadio me dice que me ha conseguido trabajo: seré la primera directora ejecutiva del importante Centro de Estudios de la Realidad Puertorriqueña (CEREP). ¿Mi sueldo? Otra fortuna: 150 dólares al mes. Pero no se equivoquen. Ese sueldo me daba y me sobraba. Vivía en un garaje venido a más por el cual pagaba 70 dólares mensuales, incluidas la luz y el agua. Con 50 centavos almorzaba un bocadillo y un café en uno de los lugares de encuentro de estudiantes, artistas, escritores y profesores. Incluso me sobraba para una botella de vino de cocinar que me sabía a gloria en aquellas productivas tardes en que no sabía qué era la maravillosa pinot noir.

Gracias a mis funciones en CEREP, asistía a las reuniones de los integrantes cuando discutían sus investigaciones. Hablo de los más preclaros historiadores, sociólogos, economistas y antropólogos del momento y, por supuesto, de Arcadio Díaz Quiñones. Ese acceso y articulación multidisciplinaria me marcaron para siempre.

Fue en casa de Arcadio y Alma donde quedé lela al ver por primera vez la monumental xilografía Unicornio en la isla, de Lorenzo Homar.[1] A la belleza del texto de Tomás Blanco que lo inspiró, se añadían los trazos de la gubia para crear luces, sombras y poderosas formas vegetales que, junto con el diseño de las letras, estructuraban un lírico paisaje caribeño en el que podíamos adentrarnos. Fue ese uno de los grandes regalos que Arcadio nos dio a los estudiantes que invitaba a inolvidables tertulias en las que Alma era hada promisoria.

Años más tarde, acompañé a Arcadio a la casa de la pintora y grabadora Myrna Báez, de cuya producción él escogería la serigrafía En el patio de mi casa para la portada de su libro El almuerzo en la hierba. La pieza de Báez es, precisamente, una domesticación de la pintura del mismo título de 1863 de Édouard Manet. Desde entonces, la obra y la amistad de Myrna Báez serían medulares en mi educación plástica.

Debo añadirles que, en aquel austero garaje del que les hablaba, flotaba El arca de Noé, de Consuelo Gotay, la linografía que años antes ella me había regalado cuando alquilaba un cuarto de su casa en el barrio de Santa Rita. Coincidían mi clase con Arcadio y esa estadía en casa de Consuelo: yo escuchaba lo que hablaba Arcadio del mundo y miraba lo que hacía Consuelo con el mundo, por lo que se caía de la mata que los presentara. Desde entonces, se estableció una estrecha colaboración entre ambos que fructificó en las participaciones de Arcadio en los libros de artista que después Consuelo trabajaría: Los animales interiores y Puerta el tiempo en tres voces, ambos con Palés Matos como fundamento.

El arca de Noé constituía mi primera obra de arte y la enmarqué acorde a aquel mi exiguo presupuesto. Colgaba solitaria, pero poderosa. Estamos hablando del grabado que, décadas después, serviría a Arcadio de semilla metafórica para su conferencia magistral de 2015 en la Universidad de Puerto Rico de Bayamón y que ocupa la portada de su libro de 2016 Sobre principios y finales, que tuve el privilegio de cuidar.

Todavía en los setenta, recuerdo la publicación por primera vez de poemas míos, gracias a Arcadio, en importantes revistas puertorriqueñas: entre ellas la prestigiosa Sin nombre y la influyente Avance.

En 1982, es Arcadio quien escribe la nota de contratapa de mi primer libro, La cicatriz a medias. Es Arcadio quien escribe, 34 años más tarde, el prólogo de mi libro Las cuatro estaciones, que incluye xilografías de mi autoría.

En abril de 2000, me invitaría Arcadio al simposio “La literatura después de Borges”, un encuentro en Princeton entre escritores y estudiosos de la literatura. Nueve años después, regresaría yo a participar en “Writers, Intellectuals and Passions”, en honor a Arcadio en ocasión de su retiro. Un grabado de Consuelo servía de motor visual de esa actividad.

A medio camino de esas fechas, se realizó en 2006, en Puerto Rico, el vigésimo sexto congreso de LASA. Arcadio me invitó al panel que organizaba: “The Puerto Rican Lettered City on the Move”. Acepté automáticamente —como se debe, si se trata de Arcadio—. Me rompía la cabeza sobre qué trabajaría, cuando quiso la fortuna que tropezara yo con un prodigio: un enorme libro de artista en xilografía, impreso en rojo y negro y que, si bien me recordaba a los intrincados trazos del Unicornio, aquel lirismo estaba ausente. Aquí imperaba un poder atávico: en cada doble página se nos acercaban, gracias a mágicos pop-ups, los rostros, ropajes, estructuras y la atmósfera toda de nuestra raíz africana, pues se fundamentaba en el poema de Luis Palés Matos “Esta noche he pasado por un pueblo de negros”. La artista era Raquel Quijano, discípula de Consuelo Gotay, quien había sido discípula de Lorenzo Homar en ese relevo de nuestras reservas y movimiento hacia el porvenir al que alude Arcadio al hablar del arca. Sobre ese libro objeto hice mi presentación. Pocos meses después, Raquel Quijano visitaría Princeton, invitada en todos los renglones por Arcadio, quien también la llevaría a conocer la colección de libros de artista de la New York Public Library. Para una joven artista que, para ese entonces, no había tenido acceso “al gran mundo del arte” fuera de Puerto Rico, recibir ese nivel de generosidad que no había conocido antes supuso un agradecimiento que cuajó en lágrimas.

¿Cómo agradecer? ¿Cómo reciprocar tanto aprendizaje, tanta generosidad, tanta ética?

En 2015 tuve la oportunidad… En UPR en Bayamón pude conceptualizar y coordinar que veinte autores, artistas y colegas de Arcadio coincidieran durante dos días para dialogar sobre su labor de décadas dentro y fuera de nuestro país. “Cultura y conocimiento en Puerto Rico-Siglos XX y XXI - Presencia de Arcadio Díaz Quiñones” se titulaba el simposio. Lecturas literarias, dos exposiciones de arte y de sus libros nos acompañaban.

Sin embargo, creo de corazón que le he agradecido y reciprocado mejor al presentarle a Consuelo y a Raquel y al enviarle recientemente una serigrafía de Osvaldo de Jesús que ostenta, sobre un fondo que simula un manuscrito medieval iluminado, uno de nuestros negros changos parado en una sola patita.

Debo decirles más. Si mi próximo libro —veinticinco poemas sobre obras de  artistas— es posible… es gracias a que Arcadio detuvo aquel informe, a que me consiguió mi primer trabajo y podía beberme aquel vino perverso, a que me consiguió una beca para el seminario que marcó el inicio de la “Nueva Historia” en Puerto Rico, a que ha escrito todos sus brillantes libros, a que un Unicornio estaba plantado en la sala de su casa, a que pude asistir a su seminario “La guerra y el lugar de los intelectuales”, a que defendió a los estudiantes en la agitada década del setenta, a que invitó a Raquel Quijano a un nuevo mundo de las artes del libro, a que me llevó a conocer a la pintora más grande de nuestro país, a que estoy una vez más en París, con aguacero y sin aguacero, y a que esta semana iré a Montparnasse a buscar a mi querido César Vallejo, que está vivito y coleando, para conversar con él sobre Arcadio Díaz Quiñones…

Notas

[1] Los interesados en apreciar esta xilografía de Lorenzo Homar —así como las mencionadas más adelante de Consuelo Gotay y de Raquel Quijano— pueden ingresar a https://graphicarts.princeton.edu.