Dónde termina Chile y empieza la Antártica, cuándo se jodió el Perú o cuál es el verdadero límite territorial entre México y los Estados Unidos son preguntas que, con frecuencia, se hacen las escritoras y escritores de América Latina y el Caribe. Todas esas preguntas, que unen narradores tan distintos entre sí, tan alejados ya cada uno de sus respectivos tiempos, como Mario Vargas Llosa, Yuri Herrera o Benjamín Labatut, son, al final, la misma pregunta: qué es una frontera.
La obra de Arcadio Díaz Quiñones es una vasta meditación sobre las fronteras del Caribe. Una meditación conversada, que recurre a la forma del coloquio con otras y otros pensadores del Caribe, dentro de los que destacan las historiadoras y los historiadores. Entre los tantos historiadores con los que ha conversado Díaz Quiñones, menciono solo a algunos: Enrique Florescano y Clara E. Lida en México, Carlos Altamirano e Hilda Sabato en la Argentina, Manuel Moreno Fraginals y Marial Iglesias en Cuba. El título de uno de sus primeros libros, El almuerzo en la hierba (1982), y la imagen con la que Ediciones Huracán ilustró la cubierta, basada en el cuadro de Édouard Manet, remiten al formato del diálogo o la conversación.
Aquel estudio sobre Luis Lloréns Torres, Luis Palés Matos y René Marqués era también una discusión entre esos escritores puertorriqueños y la crítica hispanocéntrica, que buscaba ceñirlos a fórmulas exotizantes o primitivistas. Desde esos primeros textos de crítica puertorriqueña, que continuaría más adelante con sus ensayos sobre Luis Rafael Sánchez, se pudo percibir el ángulo agonista del proyecto crítico de Díaz Quiñones. Me refiero a su batalla con el canon hispanista de las letras caribeñas, heredado de la crítica peninsular de fines del siglo XIX, con Marcelino Menéndez y Pelayo a la cabeza, que desconocía la experiencia poscolonial del Caribe y la reconstitución de los nacionalismos literarios de la región luego de la guerra de 1898.
En La memoria rota (1993), otro libro suyo, Díaz Quiñones avanzó más en la apertura del canon nacional puertorriqueño, con notas sobre Margot Arce, Nilita Vientós Gastón, César Andreu y otros escritores. También aprovechó con gran eficacia la plataforma teórica de los estudios coloniales y poscoloniales (Serge Gruzinski, Edward Said, Partha Chatterjee…) para repensar el proceso de reinvención de poéticas nacionales en las literaturas caribeñas del siglo XX.
De aquellos experimentos salieron nociones o conceptos de memoria o identidad que entraban en tensión con formulaciones equivalentes, en el Caribe de la Guerra Fría, pero distintas lo mismo a nivel epistemológico que político. Se pudo constatar entre fines de los años 80 y principios de los 90, con los ensayos reunidos en otros dos libros, Cintio Vitier: la memoria integradora (1987) y El arte de bregar: ensayos (2000), donde la crítica de Díaz Quiñones también se dirigió contra la intolerancia de la política cultural cubana, sin dejar de señalar que las sucesivas reconstituciones del poder imperial de los Estados Unidos, antes, durante y después de la Guerra Fría, habían tenido consecuencias desastrosas para el gran Caribe debido al involucramiento en guerras globales (la de los Balcanes, las dos o ya tres del Golfo, o la más reciente del genocidio en Gaza).
El volumen Sobre los principios (2006), editado por la Universidad Nacional de Quilmes, hace veinte años, representó un momento de especial claridad en aquella empresa crítica de cinco décadas. Allí Díaz Quiñones confirmaba que las guerras y los imperios, en el gran Caribe, tenían una fuerza fundacional que traspasaba las fronteras lingüísticas y raciales, políticas y culturales de las naciones antillanas. Así como los viejos imaginarios imperiales de España se complementaban y confundían con la nueva hegemonía de los Estados Unidos, las literaturas nacionales, especialmente en el período de crisis y rebasamiento de la Guerra Fría, dejaban atrás las viejas potencias ideológicas o letradas, a nivel regional o global.
A dos décadas de la publicación de Sobre los principios, tendríamos que abrir los ojos al panorama mucho más sombrío que hoy se nos impone. Si, como señalaba Díaz Quiñones, en sintonía con Antonio Benítez Rojo o Édouard Glissant, ya no tiene sentido pensar el gran Caribe a partir de los paradigmas heredados de los imperios en pugna hasta la Guerra Fría, tampoco es posible desconocer que, tres décadas después del inicio de la globalización postsoviética, tiene lugar un nuevo rearme imperial de los Estados Unidos en el gran Caribe, basado en la nueva variante de plantación que perfilan los extractivismos turísticos.
En pocos meses, de noviembre de 2025 para acá, el nuevo corolario de la Doctrina Monroe ha logrado avances impresionantes en el gran Caribe, incluyendo, por supuesto, México, Centroamérica, Colombia, Venezuela y las islas antillanas. La acelerada recomposición del poderío militar de Washington en la región, ya sin las contenciones de la Guerra Fría o las del bloque bolivariano, con todo y su reprobable autoritarismo, se da unida a la mayor ofensiva contra la comunidad migrante latinoamericana que haya producido alguna otra administración en los Estados Unidos.
Frente a esa pesadilla monterrosiana del imperio redivivo, vuelven a esgrimirse las mismas viejas fórmulas de la izquierda geopoliticista de antaño. Ante esa encrucijada, de repetición de la historia, la obra de Arcadio Díaz Quiñones vuelve a ser de lectura urgente para cualquier ejercicio de imaginación regional, por fuera de las rutas ya transitadas. La lección de los brillantes ensayos de Díaz Quiñones para este presente nublado sería la de procurar una extensión máxima de las fronteras caribeñas, al punto de que, como recomendaba José Martí, encontremos nuestros semejantes lo mismo en la ciudad grande y desolada que en todas las islas dolorosas del mar.