Es un honor muy grande para mí recibir el LASA/Oxfam American Martin Diskin Memorial Lectureship.
Quiero comenzar agradeciendo a quienes hicieron posible este reconocimiento: a las personas que me nominaron, a quienes integraron el comité de selección, y a LASA y Oxfam América por sostener, a lo largo de tantos años, un espacio para una práctica intelectual comprometida con la transformación social.
Quiero expresar también un reconocimiento muy especial al profesor José Bengoa, con quien comparto este premio. Su trayectoria representa una referencia fundamental para quienes entendemos las ciencias sociales como una práctica inseparable de la dignidad humana, de la memoria y de la justicia. Sé que hoy es su familia la que recibe este reconocimiento en su nombre, y quisiera expresarles mi admiración y mi respeto.
Y quisiera reconocer igualmente a todas las personas que me antecedieron en este premio. Hay algo muy significativo en formar parte de una genealogía intelectual y política que entiende la investigación no como un ejercicio distante del mundo, sino como una manera de intervenir en él.
Recibir este reconocimiento tiene un significado muy particular. No se trata solamente de un premio académico. Es un premio que reconoce el vínculo entre investigación y activismo, entre producción de conocimiento y compromiso ético y político.
Y quisiera compartir algunas ideas acerca de lo que ese vínculo significa para mí.
La primera es que nunca existió una contradicción entre investigación y activismo.
Nunca pensé el activismo como un adjetivo añadido a la investigación —como si existiera primero una ciencia neutral y luego una posible orientación ética de esa ciencia—. Considero que el compromiso es constitutivo de la práctica misma de investigar. Es la forma en que miro el mundo. Es la forma en que me dejo interpelar por sus injusticias. Y es también la forma en que intento responder esas preguntas mediante la investigación empírica.
Mi trabajo, particularmente en el campo de la justicia reproductiva, de las emergencias sanitarias y de los derechos de las mujeres, siempre estuvo orientado por compromisos feministas y antidiscriminatorios. Y nunca entendí eso como una amenaza para la integridad científica. Al contrario: la honestidad sobre nuestros compromisos fortalece la investigación; no la debilita.
Y eso me lleva a la segunda idea.
Vivimos un momento de profundas disputas sobre la ciencia, sobre la verdad y sobre la legitimidad del conocimiento. En muchos contextos, la autoridad académica es permanentemente cuestionada, instrumentalizada o atacada. Y justamente por eso creo que cuanto más transparentes seamos acerca de nuestros compromisos éticos y políticos, más fortalecemos la confianza pública en la investigación. La falsa promesa de neutralidad muchas veces ocultó posiciones de poder, exclusiones y silencios.
La transparencia sobre dónde estamos situadas en el mundo permite una relación más honesta con quienes leen nuestro trabajo, participan de nuestras investigaciones o son afectadas por ellas. Decir abiertamente que mi investigación está comprometida con los derechos humanos, con el feminismo y con la lucha contra las desigualdades no disminuye la fuerza de mi trabajo, lo creo. Hace explícitas las condiciones éticas desde las cuales se produce conocimiento. Y esa transparencia es una condición fundamental de la confianza.
Pero quisiera agregar una reflexión más —y esta no se refiere solamente a cómo hice investigación hasta ahora, sino a cómo creo que necesitaremos hacerla de aquí en adelante—.
Vivimos una transformación tecnológica profunda. Las herramientas de inteligencia artificial están modificando nuestras formas de escribir, de comunicar, de organizar información.
Y justamente por eso creo que las ciencias sociales necesitarán reafirmar, con todavía más fuerza, aquello que les es más propio: la solidez de la investigación empírica y la densidad ética del encuentro humano.
Quiero dar un ejemplo muy concreto de lo que entiendo por eso.
Hace diez años, durante la epidemia del virus del Zika en Brasil, conocí a Tamires y a Eduardo en una comunidad rural de Alagoas. Eran muy jóvenes. Tenían a João Lucas, su hijo recién nacido, afectado por el síndrome congénito del Zika. Recuerdo una de las primeras fotografías que hicimos juntos: la pareja, el niño pequeño, un carro de bueyes y unos toneles de agua atravesando el paisaje árido de la tierra.
Cada vez que yo regresaba a la comunidad, la familia me pedía repetir la fotografía. Y así, durante diez años, fuimos repitiendo la misma escena. El carro de bueyes. Los toneles de agua. El paso del tiempo. El crecimiento de João Lucas.
La última fotografía con él fue el año pasado, ya muy debilitado. Cuando regresé después de su fallecimiento, hicimos nuevamente la fotografía, pero esta vez solamente con Tamires y Eduardo.
Y comprendí algo muy importante.
Hay momentos en los que hablamos de “trabajo de campo” o de investigación como si fuera una etapa controlada en el tiempo y en la historia de un proyecto. Pero cuando tenemos conciencia sobre nuestros compromisos éticos, las relaciones que produce el encuentro no terminan cuando termina un proyecto ni cuando termina una epidemia. La investigación crea vínculos, responsabilidades y formas de permanencia.
Yo conocí a João Lucas al nacer. Acompañé su vida, en la cercanía y en la distancia. Acompañé también el duelo de su familia. Y las fotografías que fuimos haciendo durante esos años ya no son apenas un registro de investigación. Son una memoria compartida. No es solamente la historia de ellos. Es nuestra historia.
Porque si las nuevas tecnologías pueden ayudarnos a escribir mejor, a sistematizar información o a ampliar nuestras capacidades analíticas, hay algo que no pueden sustituir: la experiencia ética del encuentro. Es la escucha, la presencia, la responsabilidad frente al otro, y en particular la capacidad de ser afectadas por aquello que investigamos.
Y creo que precisamente allí reside la fuerza futura de las ciencias sociales. No solamente en los métodos —aunque sigo creyendo profundamente en el rigor metodológico—, sino en nuestra capacidad de situarnos éticamente en el mundo. Porque eso es, para mí, el activismo. Y eso es también la investigación comprometida.
Para terminar: parte importante de mi trayectoria consistió en ampliar las formas de producción y circulación de la investigación. Por eso trabajé con cine, con documental, con fotografía y, más recientemente, con dibujos, bordados y otras formas visuales de elaboración del conocimiento. No como algo accesorio a la investigación, sino como parte de la práctica misma de comunicación con las comunidades con las que aprendemos.
Y en este proceso aprendimos también a usar las herramientas disponibles, incluyendo la tecnología no como sustituto del encuentro, sino como parte de una práctica colectiva de escritura y traducción que sigue siendo, en su núcleo, profundamente humana, llena de afectos y compromisos. Lo que la tecnología no puede hacer es estar presente, como solo los vivientes logran. No puede ser afectada. No puede compartir el duelo de Tamires y Eduardo frente a un carro de bueyes.
Las nuevas generaciones de investigadoras e investigadores tendrán que aprender a habitar simultáneamente distintos mundos: los espacios académicos, los espacios públicos, los espacios digitales y también lenguajes que excedan las formas convencionales de la escritura científica. Porque la producción de conocimiento no ocurre solamente dentro de la universidad. Y porque la imaginación crítica necesita también nuevas formas de lenguaje, de sensibilidad y de presencia pública.
Muchísimas gracias.