Los países débiles y atrasados tendrán que elaborar su propia teoría revolucionaria. No podrán independizarse y ganar una nueva vida si primero no aprenden a pensar por su propia cuenta y adoptar su propia perspectiva universal frente a los hechos.
Una persistencia latinoamericana
Entre el cosmos de las formas ideológicas que han acompañado los procesos latinoamericanos de transformación social, el nacionalismo-revolucionario es el más persistente a lo largo y ancho de la historia. Aunque los países del continente conquistaron sus independencias paulatinamente en el transcurso del siglo XIX, adquiriendo formas republicanas, el panorama en el inicio del siglo XX era desfavorable para las grandes mayorías de la población. Las noveles repúblicas no eran otra cosa que sociedades dominadas por férreos mecanismos liberal-oligárquicos que excluían decididamente a los grandes contingentes sociales. Además de ello, las economías se encontraban integradas de manera subordinada al mercado mundial bajo la égida del modelo primario exportador, cuya impronta expoliadora era su huella de identidad.
La condición que posibilitó la emergencia de esta figura ideológica fue aquella que demandaba que América Latina y el Caribe transitaran de modelos formalmente independientes de repúblicas “mediatizadas”, con un fuerte componente antidemocrático, a naciones que apuntalaran la ampliación de derechos y libertades con ejercicio de soberanía. Y para hacerlo configuró una respuesta tan problemática como original: el nacionalismo-revolucionario.
Es cierto que hasta ahora nadie ha podido definir al nacionalismo-revolucionario de manera unívoca, pues la historia del conflicto político lo muestra como un entramado ideológico y práctico tan evanescente como persistente. Más que una doctrina o una ideología, lo que le da sentido es una condición política: que la única manera de lograr la nación es por la vía de las transformaciones sociales. Y dadas las condiciones económicas dominantes, muchas reformas aparecen como grandes actos revolucionarios. Esta última situación no debe ser confundida con anticapitalismo, sino que más bien encuadrada en un horizonte antioligárquico. El contenido nacional o nacionalista no se vincula a la expansión militar, la violencia contra otros pueblos o la superioridad cultural, sino a la capacidad de ejercer algún grado de soberanía frente a poderes externos.
Puede decirse así que el fenómeno revolucionario en América Latina tuvo en su corazón la aspiración de construirse permanentemente como nación pero que, en el proceso, enfrentó los dilemas que esto significaba en el mundo moderno: la construcción de órdenes simbólicos que cohesionaran a las sociedades (hegemonía ideológica), el forjamiento de formas estatal-burocráticas que pudieran garantizar los ejercicios soberanos (instituciones y mediaciones), la incorporación diversificada a un mercado mundial que de manera tendencial la situaba en los márgenes del subdesarrollo y la dependencia, entre otros.
Es pertinente recordar que el tipo de nacionalismo era, por supuesto, de carácter defensivo y poco o nada tenía que ver con la asociación a una forma política excluyente, signada por la expansión o la violencia (García 1956). Sin embargo, ese carácter defensivo obligaba a construir grandes alianzas políticas y sociales que incluyeron, en no pocas ocasiones, a sectores que a la postre desmantelarían los grandes propósitos. Así, el nacionalismo-revolucionario procuró en el clímax de su influencia la incorporación de las masas populares a la política, pero al tiempo les impidió incursionar más allá de los mecanismos formales y de mediación, en buena medida como resultado de un gran compromiso de clase, cuyo eje era la preservación de la nación por encima de los intereses de grupos o corporaciones.
El nacionalismo-revolucionario como expresión política no correspondió únicamente a las formas organizativas latinoamericanas que adoptaron dicho membrete para dar vida e identidad a partidos o movimientos. El propio Lenin, al calor de los grandes debates de la Internacional Comunista, se inclinó a categorizar sucesos del “mundo colonial” de dicha forma, para distinguirlos de aquello que en el mundo europeo se conoció como las formas “democrático burguesas” (Lenin 1978).
¿Pero cómo pasamos de una primera y larga vida de este fenómeno a su muerte por casi medio siglo bajo el neoliberalismo, y a una posible resurrección en el mundo actual? Ese es el objetivo de este artículo, que busca, más allá de membretes partidarios, captar el sentido profundo de formas organizativas temporales y de liderazgos pasajeros. Cabe destacar la escasa bibliografía sobre el tema más allá del predominio del marco nacional, con la notable excepción de la obra de Rafael Rojas (Rojas 2021).
Vida
El nacionalismo-revolucionario como ideología práctica emergió con claridad con la Revolución mexicana, aunque una premisa inicial acompañó a los intentos independentistas de los países caribeños tras la escalada estadounidense en la región. También estuvo presente en las modernizaciones fracturadas del área andina y del Cono Sur y, posteriormente, en algunos de los esfuerzos socialistas, deviniendo su fisonomía en los amplios “movimientos de liberación nacional”. Es así que parte de su historia incluye la manera en que corrientes como el comunismo y el socialismo tuvieron que mestizarse con él, pues de otra forma no habrían sido parte de la historicidad de la región. Fidel Castro, en sus primeros discursos de 1959, colocaba el eje central de su mensaje en el problema de la soberanía de la isla: “la soberanía no es una gracia que nos concede nadie, sino un derecho que nos corresponde como pueblo” (Castro 1983, 7).
Así, independientemente de sus formas nacionales específicas, la primera vida del nacionalismo-revolucionario se concentra en dos grandes ejes rectores de la actividad y racionalidad política, que actúan como verdaderos horizontes de época frente al mundo moderno: la conquista del ejercicio de la soberanía nacional y la ampliación creciente de elementos de la soberanía popular. Sin duda, el hecho de que el ejercicio de la soberanía nacional se diera en el plano de la incorporación al mercado mundial significaba un gran desafío, pues aquella necesidad de sumarse al comercio limitaba la capacidad de autodeterminación; en tanto que la diferenciación de clases y la organización de la sociedad en la forma de reproducción mercantil-capitalista contenían la ampliación gradual de la soberanía popular. Parafraseando a Bolívar Echeverría podríamos decir que el nacionalismo-revolucionario es la manera de hacer vivible lo invivible (Echeverría 2000), en el sentido de que es una manera de incorporarse al capitalismo global, pero negándolo en su despliegue desigual.
La soberanía nacional parecería algo dado, pues las repúblicas latinoamericanas eran independientes desde el siglo XIX. Sin embargo, el modelo liberal oligárquico que dominó en el momento de la inserción de los jóvenes países al mercado mundial capitalista signó una paradoja: se era independiente en la formalidad política, pero se era profundamente dependiente y subordinado en la gestión de la riqueza. El excedente que producían los habitantes de estos “Estados aparentes” se transfería a los centros metropolitanos; la nación era una ficción a la que solo pertenecían las oligarquías, y la estatalidad, una débil y utilitaria mediación que facilitaba el modelo agroexportador.
Pero el nacionalismo-revolucionario como gran paraguas ideológico que articuló esfuerzos múltiples tuvo que evolucionar con el siglo, las coyunturas y las fuerzas de cada país. Pese a sus transfiguraciones en ese lapso, tuvo como centro la posibilidad de que los pueblos conquistaran espacios de democracia e igualdad en medio de un avasallante marco de competencia, donde los Estados aspiraban a ganar un poco de autonomía relativa. Su condición revolucionaria no era, sin embargo, la misma que la europea, pues la idea de una sociedad homogénea organizada a partir de clases sociales definidas era inexistente. La condición revolucionaria venía menos de la destrucción de la forma-valor capitalista (Marx 2001) y más de asegurar una disposición del excedente social a partir de la igualdad jurídica y de la protección de diversos grupos frente al desigual acceso a la riqueza. (Zavaleta 2008)
La existencia de formaciones sociales que articularan diversos modos de producción generaba una condición política en la que no era la clase, sino una condición plebeya, la que animaba la acción colectiva contra el privilegio oligárquico. Este hecho marcó una manera de transitar hacia formas estatales que nunca terminaron de cristalizar por completo y en las que el conjunto de mediaciones no siempre coincidía con configuraciones democráticas. A ello hay que añadir la persistencia de la forma carismática del liderazgo que, en una estirpe weberiana clásica, resultaba una condición disruptiva. Así, los procesos del nacionalismo-revolucionario apuntaban a una democratización esencial (Vilas 1995), pero el excedente seguía siendo evanescente, pues el Estado centralizaba parte de él.
De forma que fenómenos revolucionarios —en su contexto y en su tiempo— como los del México cardenista, la revolución cubana de 1933, la insurrección victoriosa de 1952 en Bolivia; persistencias organizativas como el peronismo, el batllismo uruguayo, el liberalismo colombiano, el ortodoxismo cubano; el militarismo reformista de Velasco Alvarado o de Torrijos en Perú y Panamá o la presencia del “bolivarianismo” en Venezuela, pese a la diversidad de sus énfasis, enfoques, miradas y múltiples contradicciones, hacen parte de este proceso que denominamos nacional-revolucionario.
Todas estas experiencias, de alguna u otra manera, debieron afrontar la necesidad de llevar adelante procesos de reforma social que ampliaran los marcos de la capacidad estatal, apoyándose sobre clases populares heterogéneas; al tiempo que la legitimidad abrió el paso a la burocratización y, con ello, los ánimos de trastocar las condiciones dominantes se detuvieron: a toda revolución le viene un espíritu de conservación. El proceso nacional-revolucionario fue más reformista en algunos casos, y más subalternizante y en clave de “revolución pasiva”, en otros (Modonesi 2015).
El agotamiento del nacionalismo-revolucionario provino de distintas vertientes que confluyeron en un mismo resultado. La primera fue una estrategia violenta de contrainsurgencia, que en algunos países tramó férreos autoritarismos con la concomitante represión. Un segundo elemento fue la propia modificación de las élites políticas que conducían los Estados modernizantes y que, en el proceso de burocratización y “osificación”, congelaron los esfuerzos populares: casos emblemáticos fueron el PRI en México y el MNR en Bolivia. Finalmente, y como gran dato de época, la emergencia de una nueva configuración social, que permitió el reino del mercado sobre los esfuerzos de la estatalidad, dejó en desprestigio ideas como las de soberanía, autodeterminación e industrialización.
¿Qué saldos tiene el nacionalismo-revolucionario en esta primera vida? El primero es el de ser la gran fuerza política que articuló proyectos de carácter hegemónico, logrando empujar hacia una construcción estatal que conjugó tanto una movilización popular de espesor plebeyo como la forja de una configuración burocrática, aunque esta no siempre logró la estabilidad para dirigir el proceso de modernización capitalista. El segundo fue que ella se construyó con elementos que trastocaron las coordenadas políticas de izquierda-derecha, liberalismo-conservadurismo, comunismo-anticomunismo, latinoamericanismo-antiimperialismo. El tercero fue una proclividad excesivamente estatalista del derrotero político, lo que condicionó los logros respecto del reparto del excedente y la trama de mediaciones, quedando capturadas en dinámicas de rutina, corrupción y cooptación que imposibilitaron un desarrollo de las sociedades de manera autónoma para emprender otros senderos en su manera de producción y reproducción. Además de esto, el nacionalismo-revolucionario trató de crear condiciones que, en un momento de cambio de la fisonomía global del capital, se volvieron en contra suya, no logrando resolver la subordinación al mercado mundial.
Muerte
Pese a que la revolución nicaragüense de 1979 era evaluada desde el mirador de la Guerra Fría como un producto de la confrontación entre capitalismo y socialismo, su espíritu se encontraba completamente comprometido con una versión radicalizada del nacionalismo-revolucionario (Vilas y Harris 1985). En lo simbólico, porque Augusto César Sandino no había sido un prosoviético sino un “defensor de la soberanía”, y las alianzas que había tejido partían del horizonte de la Revolución mexicana. La etapa insurreccional del movimiento que tomaría el poder en 1979 se amparaba en la noción de “liberación nacional”, es decir, de la radicalización del nacionalismo-revolucionario. Y aunque aquella revolución centroamericana encantó y enamoró al mundo progresista tras derrotar a una odiosa dictadura oligárquica, y generó una onda expansiva de solidaridad, no era sino la exhalación última de una ideología que perdía vitalidad y cuyo punto de anclaje se había erosionado junto con la gran transformación del capital a nivel global. Se trató del ocaso de una manera de comprender el mundo, es decir, de configurar un orden simbólico y el vínculo realmente existente entre Estado y sociedad, y de gestionar el excedente: no sería más el Estado el encargado de la redistribución.
Antes bien, los años siguientes consagraron la aparentemuerte del nacionalismo-revolucionario y, con él, de cualquier forma soberana que remitiera a la dimensión estatal o popular. El único soberano serían el mercado y el capital, lo cual contrastaba con el hecho de que aquella década sería la del clímax de las transiciones democráticas. En las paradojas de la vida política latinoamericana, la transición democrática era al tiempo una forma de resguardar el dominio del mercado y el capital: los pueblos podrían concurrir a elecciones, pero lo que ahí se decidiera no cambiaría en mucho sus destinos.
Otra de las paradojas del proceso neoliberal que llevó al ocaso de lo nacional-revolucionario fue el hecho de que muchos de los impulsores del renovado programa aperturista y de expansión incesante de lo mercantil fueron los antiguos encargados de desarrollar posiciones soberanistas, modernizantes y de nacionalización. Figuras como Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Víctor Paz en Bolivia, o bien formas políticas como el priísmo mexicano, el liberalismo colombiano, el socialismo chileno y el peronismo argentino pasaron a ejecutar las directrices del nuevo capitalismo global. Es decir, aquel programa económico que trastocó las coordenadas anteriores de la lucha política también modificó a las fuerzas políticas tradicionalmente asociadas a otro momento de confrontación.
En lo ideológico el peso fue tan denso, que desaparecieron del lenguaje político cuestiones como la liberación nacional; la soberanía quedó reducida a un determinación jurídica nimia o prescindible y, en general, el proceso de apertura del mercado fue avasallante. Un vendaval aturdió a las sociedades en lo que Bolívar Echeverría definió como un nuevo “shock modernizante”. Aunque se conservaron elementos de manufactura e industria, el proceso de reprivatización económico fue también una realidad palpable.
El neoliberalismo puede ser definido —y lo ha sido— de múltiples formas, ya como poder creciente de clase, ya como articulación del mercado por sobre cualquier otro elemento social, ya como una manera de mediatizar las aspiraciones sociales a partir del dominio del capital. Para los fines aquí propuestos, el neoliberalismo fue la estaca que se clavó sobre el cuerpo de la nación: debilitamiento del Estado, ruptura de cualquier forma de protección social, desarticulación de las mediaciones populares de negociación y retribución social, precarización de las capacidades soberanas de ejercicio del poder, autonomía de la economía por sobre la política y un creciente proceso de oligarquización trasnacional. A lo largo y lo ancho del continente, este programa modificó las señas de identidad de las sociedades. En pocas palabras, el neoliberalismo fue el opuesto del momento nacional-revolucionario.
Que la nación fuera desplazada como eje central para la construcción del Estado también congelaba las aspiraciones de la soberanía popular. Es decir, de nuevo se mostraba que, sin autonomía y autodeterminación, aquellas claves que articulan a las sociedades eran vedados para las mayorías. Esto fue una de las cuestiones dramáticas, pues, aunque la región había vivido cruentos procesos de autoritarismo (Roitman 2013) a lo largo y ancho de la segunda mitad del siglo XX, las “transiciones” democráticas fueron impulsadas bajo el proyecto de destrucción de cualquier mecanismo de protección social.
La gran empresa neoliberal, sin embargo, pronto comenzó a tener respuestas de distinto calado. Ya fuera por la débil resurrección de viejas aspiraciones, ya por las nuevas fracturas que producía la modernización. En cualquier caso, es innegable que esta forma de procesar la reproducción de la sociedad dejó amplias huellas y certificó que, más allá de voluntades nacionales, la constitución del escenario de confrontación política era marcadamente global.
Resurrección
Aunque el nacionalismo-revolucionario no puede ser resucitado tal como se lo conoció en la centuria pasada, su presencia como parte de las herencias de las luchas políticas de las clases populares es innegable y palpable. La memoria de su acción se encuentra en las fuerzas políticas de las distintas naciones. Su posible resurrección, bajo nuevos ropajes, tendría que hacerse cargo de grandes problemáticas. Enunciamos algunas:
La primera es la erosión de los límites de la soberanía que ha impuesto el proceso de globalización económica bajo el neoliberalismo, que ha tenido impacto en la capacidad de los Estados, convirtiéndolos en “subveranos”(Avalos 2022: 147).[1] La segunda es la diversidad de sujetos sociales al amparo del proceso de mercantilización, sujetos que no pueden ser contenido en la aspiración de industrias nacionales, sino que más bien responden a heterogéneos procesos identitarios, más allá del trabajo. La tercera es la trampa de las burocracias, tan prístinamente denunciada por Weber hace más de un siglo y verdadero atolladero para los procesos políticos democráticos, pues estas, al ser una necesidad de la estatalidad, carcomen las aspiraciones bajo el manto de la corrupción. Finalmente, la multiplicidad de formas autogestivas y autonomistas que compiten con el horizonte político que una renovada versión del nacionalismo-revolucionario podría amparar.
Sin embargo, pese a estas inclemencias del escenario político, no cabe duda de que el tema de la soberanía nacional, de las capacidades de autodeterminación y de que la reducción de los ya constreñidos márgenes de la democracia sea una realidad; son piezas en el futuro teatro latinoamericano. Tanto la perseverancia de formas oligárquicas como la amenaza de la intervención imperialista hacen posible imaginar la reactivación de señas identitarias del nacionalismo-revolucionario. El horizonte urgente de recuperar soberanía nacional requiere la paciente reestructuración de la soberanía popular, y ello hace que todo aquello que le dio vida y fuerza al nacionalismo-revolucionario hoy no sea la historia de un volcán apagado, sino lava ardiente.