Revoluciones: reflexiones sobre un legado en disputa

Vivimos una época de acelerado cambio climático y desigualdad económica; de crimen organizado e impunidad estatal; de fragmentación y aislamiento social; de desinformación; de virtualización del estado de vigilancia; de sustitución laboral por sistemas inteligentes; sistemas que, bajo el control de Estados hegemónicos y entidades corporativas, también han contribuido a la automatización de la violencia bélica: guerras subsidiarias que, en nombre de la paz, han puesto en vilo el orden mundial. Ante este escenario, surge una creciente desconfianza en el legado de los procesos revolucionarios que, en pro de la soberanía popular, la igualdad de derechos, la autodeterminación de los pueblos y la descolonización, definieron la historia moderna de América Latina. Este dossier invita a la reflexión de dicho legado a la luz de las circunstancias presentes.

El significado etimológico del término revolución proviene del campo de la astronomía para denotar el movimiento regular y giratorio de los astros.[1] Implícita en este uso del término estaba la idea de que el tiempo histórico era uniforme, contenido en sí mismo y repetible. Según Reinhart Koselleck, Thomas Hobbes lo empleó en ese sentido para describir la Revolución inglesa como una restauración. Con el advenimiento de la Revolución francesa, comenzó a circular la idea de  revolución como un movimiento colectivo hacia la emancipación social, que anulaba el pasado y proyectaba la historia hacia el futuro.[2] El caso latinoamericano ha ameritado extensas interpretaciones en cuanto a la viabilidad de definir el fenómeno siguiendo generalizaciones teóricas, puesto que la historia de la región remite a procesos de colonización y descolonización, y a una heterogeneidad sociocultural, abordada en este dossier por Fernando Calderón a través del vocablo quechua chenko: un tejido de múltiples herencias, lenguajes y culturas.

Alan Knight retoma algunas de las hipótesis de sus conocidos estudios para mostrar la imposibilidad de aproximar de manera unívoca fenómenos tan complejos y disímiles como las revoluciones en América Latina. En cuanto “guerras internas”, pero diferentes de los golpes de Estado o de las guerras civiles, las revoluciones no constituyen hechos aislados y han seguido cursos diferentes. Por ello, Knight aboga por enfoques comparativos, atentos a la diversidad de causas, procesos y consecuencias. Hubo revoluciones que restituyeron el statu quo, otras que transformaron las estructuras políticas y económicas, y dieron lugar a Estados revolucionarios que, no obstante, fueron institucionalizándose paulatinamente. En todos los casos, sin embargo, el rol de los actores sociales fue constante. Para los casos de México y Cuba, Knight destaca al campesinado como el sector que, habiendo sufrido con mayor intensidad las presiones de la modernización, ha demostrado una capacidad estratégica clave para la resiliencia revolucionaria.

Dichos sectores, como señala Christina Heatherton en su contribución, se levantaron en armas no porque concibieran la revolución como el motor de la historia de manera abstracta, sino porque sus condiciones de vida se volvieron intolerables. Se dieron entonces a la tarea de activar el freno del tren desbocado del llamado “progreso”, que, como sugirió Walter Benjamin con la figura emblemática del ángel de la historia, solo ha dejado ruinas y devastación a su paso.

Si bien Knight sostiene que el objetivo del historiador no es celebrar ni condenar el hecho histórico de las revoluciones, sino explicar qué ocurrió, por qué y con qué consecuencias, otros ensayos en el dossier afirman la necesidad de rescatar el legado subversivo de los movimientos populares que las impulsaron. Tanalis Padilla se enfoca en el caso específico de la Revolución mexicana, más allá de su institucionalización por el Estado, para retomar las insurrecciones populares que la continuaron. A lo largo de los siglos XX y XXI, los movimientos sociales, particularmente los provenientes de medios rurales, continuaron luchando por las demandas concretas de la revolución, pero también adoptaron una conciencia internacionalista. Con ello, vincularon sus demandas locales con procesos globales, para enfrentar el despojo y el autoritarismo en el horizonte de una creciente hegemonía estadounidense. Frente al debilitamiento del Estado como agente de cambio, Padilla concluye que la principal herencia revolucionaria radica precisamente en la tradición de lucha “desde abajo” y de la solidaridad transnacional entre trabajadores, campesinos, pueblos indígenas, y sectores estudiantiles e intelectuales.

Similarmente, Christina Heatherton replantea las revoluciones del siglo XX no como el resultado de programas acabados ni como la obra principal del proletariado industrial, sino como levantamientos impulsados por sectores subalternos. En este marco, su ensayo se centra en la obra del historiador argentino radicado en México Adolfo Gilly quien, desde la cárcel de Lecumberri a fines de los años sesenta, reinterpretó la Revolución mexicana a la luz de ideas trotskistas, pero también de condiciones específicas y locales. En el contexto carcelario y frente al ascenso de la Nueva Izquierda, Gilly desarrolló la hipótesis de que la mexicana fue una revolución popular, interrumpida por la institucionalización de un Estado que boicoteó su promesa emancipadora.[3] Heatherton se propone rescatar el latido de los muertos insurrectos y otorgar, al igual que Padilla, una dimensión global a las revoluciones regionales.

Cabe resaltar, para el caso mexicano, las diferencias entre Gilly y Knight. Mientras Gilly resalta la oposición entre la revolución popular y su posterior subordinación al Estado, Knight, quien escribe desde una historia social comparativa, apunta hacia procesos de negociación y reconstrucción. No obstante, para ambos, el cardenismo en México apunta hacia una fase de transformación revolucionaria dentro del curso de la institucionalización de la revolución.[4] Como consecuencia de la Revolución mexicana, el cardenismo constituye un ejemplo del nacionalismo revolucionario, tema que aborda Jaime Ortega en su contribución a este dossier. Ortega relee el nacionalismo no como ideología totalizante del Estado, sino como un fenómeno complejo, surgido de la contradicción entre la constitución de repúblicas formalmente soberanas y la existencia de sociedades desiguales y oligárquicas. Desde esta perspectiva, Ortega rastrea, a lo largo del siglo XX, el desarrollo de proyectos antioligárquicos y soberanistas orientados a ampliar la participación política de las masas, como ocurrió con el cardenismo. Según Ortega, el agotamiento de ese nacionalismo se debió tanto al ímpetu de la economía neoliberal como al conservadurismo de las élites. Su ensayo concluye preguntándose por la posibilidad de reactivar su núcleo histórico —la defensa de la soberanía, la autodeterminación y la ampliación de la democracia popular— en un contexto que ya no enfrenta solo la monopolización económica de las corporaciones, sino también la descentralización propia de los movimientos autonomistas que se revelan contra el Estado. Un ejemplo clave de estos últimos es el neozapatismo de los años noventa, estudiado por Gastón Gordillo en su ensayo para este dossier: un movimiento que se opuso a la toma del poder estatal para luchar en pro de la autonomía indígena. Gordillo caracteriza la irrupción neozapatista en Chiapas como un arte: un plan estratégico, inédito y cuidadosamente diseñado; no obstante, reconoce que hoy en día las condiciones de vida en la región del neozapatismo continúan marcadas por la precarización y por la violencia del crimen organizado. Susana Draper se enfoca en las luchas sociales contemporáneas autonomistas, que proponen horizontes alternativos al Estado y a las economías extractivas, en defensa del territorio y de la vida.

Para abordar la complejidad de los fenómenos revolucionarios y sus imaginarios, varios de los ensayos del dossier parten del campo de la historia y la sociología (Knight, Padilla, Heatherton, Gordillo, Calderón). Otros más se valen de los estudios culturales, como es el caso de Sophie Esch, quien recurre a la imagen del paredón y al motivo de los fusilamientos en diversas obras literarias latinoamericanas del siglo XX, como hilo conductor para examinar algunas dimensiones (existenciales, ideológicas, políticas) de los fenómenos revolucionarios, pero sin asumir la autoridad del empiricismo histórico o sociológico.

Por otro lado, desde un planteamiento teórico, Bruno Bosteels hace uso del campo literario para plantear la paradoja de la emancipación individual, presente en los imaginarios revolucionarios, y su consecuente subordinación a la cárcel económica del capitalismo. El individuo se libera solo para acatar los designios del mercado laboral, que lo aleja de la posibilidad de una emancipación colectiva. La novela es la forma literaria moderna por excelencia, por lo que le permite llevar a cabo esta interpretación de manera ejemplar. Según Bosteels, la crítica literaria de la novela ha dado cuenta del surgimiento del individuo, separado de los vínculos comunitarios, y ha valorado la forma literaria bajo una oscura preferencia por el fracaso. El Lazarillo de Tormes es la novela paradigmática en este sentido: su protagonista es un sujeto marginado que afirma su libertad en la destitución. Bosteels concretiza su planteamiento para el caso de América Latina con la llamada “Novela de la Revolución mexicana”. Los de abajo de Mariano Azuela y Cartucho de Nellie Campobello (aunque no sea una novela concretamente) son obras literarias en las que se representa la lucha social como una experiencia colectiva que, en su transcurso, deviene fragmentaria y/o caótica. A partir de una observación de la escritora Rosario Castellanos sobre la necesidad de pensar la revolución no como un cadáver sino como una posibilidad colectiva, Bosteels resume su planteamiento de la llamada “Novela de la Revolución mexicana” como un género antirrevolucionario, en la medida en que promueve la imposibilidad de acción colectiva. 

En suma, el dossier presente propone pensar las revoluciones no como episodios cerrados al pasado, sino como procesos históricos, cuyas contradicciones y retos continúan interpelando nuestro presente.

Notas

[1] Hannah Arendt. 1990 [1962]. On Revolution. Nueva York: Penguin Press, 42. 

[2] Reinhart Koselleck. 2004. Futures Past. On the Semantics of Historical Time. Nueva York: Columbia University Press, 46-52.

[3] Adolfo Gilly. 1994 [1971]. La revolución interrumpida. México: Era.

[4] Alan Knight. 1986. The Mexican Revolution, vol. 2. Lincoln, NE: University of Nebraska Press.