A partir de los nuevos materialismos y la ecocrítica contemporánea, estudios como los de Héctor Hoyos (2019) o Jens Andermann (2018) se han convertido en aproximaciones críticas que han detectado ciertas innovaciones formales en algunas de las obras literarias y críticas más relevantes de América Latina y el Caribe. La exploración de nuevas zonas críticas en la obra de Horacio Quiroga, José Eustasio Rivera o Fernando Ortiz, entre otros, constituyen ejemplos oportunos de estas nuevas aproximaciones críticas. Se tratan, en efecto, de tradiciones enteras que, hasta no hace mucho tiempo, habían sido relegadas en los estudios continentales como el regionalismo latinoamericano, el indigenismo o el ensayo de interpretación nacional.
En estas escrituras, asociadas a la narrativa realista y social, las representaciones antropomórficas o las interpretaciones simbólicas y alegóricas comienzan a ceder para dar lugar, en el ámbito interpretativo, a las fuerzas de agenciamiento de la naturaleza que colindan con el escenario crítico y negativo de los emergentes proyectos modernos y desarrollistas nacionales. En el mismo sentido, la dimensión temporal de estas narrativas comienza a ser corroída por otras temporalidades alternativas cuya radicalidad da cuenta de los límites de la extracción. Esto no significa que la narrativa nacional se diluya en el análisis ecocrítico y material, sino que se subordina a estas nuevas hipótesis de lectura. De ese modo, los horizontes desarrollistas de los estados nacionales emergentes comienzan a ser leídos en una clave contemporánea más amplia: la expansión global del liberalismo tardío y su tensión con el giro geológico.
En tal sentido, si hay una literatura latinoamericana que sucumbe ante las tensiones imperialistas y nacionales esa es la literatura del Paraguay del siglo XX. En ese pequeño, pero importante conjunto de textos, el sueño moderno de la nación parece ser sepultado por los intereses de la modernidad metropolitana en el territorio. Allí quedan los restos, las ruinas del progreso y del desarrollo industrial de la república que constituyen aquello que distingue tanto el paisaje de la Guerra Guasú como el conflicto por el Chaco Boreal.
La materia narrativa del Paraguay se ha formado, por tanto, sobre esa experiencia histórica y colectiva en la que resaltan dos grandes obras: los textos cronísticos de Rafael Barrett, en especial “El dolor paraguayo” (1909) y las narraciones de Augusto Roa Bastos.
Como sabemos, tanto las novelas de Roa Bastos como muchos de sus relatos ponen el foco en los “escombros del progreso”, esto es, una alegoría de la caída de ese afán desarrollista en el país que gobernó Francisco Solano López entre 1862 hasta su muerte en 1870 como también la reivindicación patriótica del gobierno de Eusebio Ayala. En especial, parte de la narrativa de Roa Bastos ilumina las zonas oscuras de la reconstrucción del proyecto nacional inconcluso, de la pura posibilidad que se da en la extracción de la materia prima geológica del Chaco Boreal. Se trata de una segunda oportunidad para la utopía socioeconómica del Paraguay finisecular. El objetivo principal de estas páginas es analizar los modos en que se despliegan los imaginarios extractivistas en algunas de las narraciones más importantes de Roa Bastos. En tal sentido, la hipótesis de este trabajo afirma que ciertas obras de este autor evidencian que las dinámicas de la república y las alegorías nacionales parecen situarse en un débil primer plano porque el mundo de la extracción apátrida y antinacional se encuentra, de manera inexorable, al acecho.
La dimensión transnacional que supone el extractivismo suele evidenciarse en otros textos más o menos canónicos de la literatura de América Latina del siglo XX (Andermann 2018; French y Heffes 2021). Sobre esos escritos pesan no solo los grandes conflictos históricos y políticos nacionales y regionales, sino también la expansión económica del Imperio británico, en un principio, y del estadounidense, después.
En la primera sección proponemos una relectura de alguna de las escenas más importantes de Hijo de hombre (1960) para poner el foco en la manera en que la novela aborda los restos de la modernidad del Paraguay de entresiglos como la promesa de redención económica y social a partir de la extracción del activo geológico. En la segunda sección, exploramos una semántica terrestre en dos niveles temporales en el relato “La excavación”.
1. Utopía geológica sobre la patria
El conflicto por el Chaco Boreal como zona rica en hidrocarburos ha sido señalado por algunos autores como producto de intereses mezquinos de dos de las grandes corporaciones petroleras de la época. Por un lado, la Royal Dutch-Shell, de capitales angloholandeses, instalada en el Paraguay y, por el otro, la Standard Oil of New Jersey, de capital norteamericano, radicada en Bolivia (Breithoff 2020).[1] Se trata, como es evidente, del modo en que la lucha de la soberanía nacional, como resto finisecular, se diluye en las capas geológicas, aun subterráneas, del capitalismo transnacional. No obstante, ¿qué ocurre cuando el deseo extractivo colisiona con la insurgencia de lo no-humano que parece resistir?
En Hijo de hombre, novela que muchos consideran la más importante de la literatura paraguaya del siglo XX, hay una escena bastante elocuente que gira alrededor del intercambio dialógico entre un grupo de soldados en el Chaco Boreal:
El zurdo esperó pacientemente. En cuanto pudo, volvió a meter baza.
—Pero no solamente por los títulos y acciones de los latifundistas de este lado. También vamos a pelear y morir por los títulos y las acciones de las empresas del petróleo, que están del otro lado.
—¡Vamos a pelear y morir por patriotismo! —gritó Martínez.
—Pero nuestro patriotismo va a acabar teniendo olor a petróleo —replicó el Zurdo, frunciendo mucho la boca. (Roa Bastos 2011 [1960], 271)
La novela expone las mismas figuras del campesinado que describía Rafael Barrett a principios de siglo, pero reclutados, ahora, para la guerra que el país libró contra Bolivia en los años 1932 y 1935. El fragmento muestra a un grupo de soldados que a través de sus diálogos dejan en evidencia la precariedad del Estado-nación a punto de ser licuado junto con la esperanza del pueblo paraguayo en un nuevo régimen neocolonial.
Los hombres se debaten, consecuentemente, entre la tierra, la superficie, como el aquí y ahora de la plantación local, el régimen latifundista que divide a las élites del campesinado y aquello que está “debajo de la superficie”: el activo geológico, el combustible fósil, narrado aquí como pura posibilidad. Se trata, en efecto, del choque de dos formas de extracción que la literatura paraguaya del siglo XX imagina no solo como deseo, sino también como parte de la acumulación de derrotas bélicas de la nación. Esto produce una tensión entre la forma plantacionocénica (Haraway 2019), esa fase basada en la explotación masiva de recursos naturales y su destrucción en aras de una economía del monocultivo y que ha dominado la economía del Paraguay, y el bienestar que prometen los activos hidrocarburíferos. Cuando “el zurdo” argumenta irónicamente que el patriotismo tendrá olor a petróleo, ya presume el lector avisado que se trata tanto de una nueva derrota de la nación como una victoria del extractivismo que da lugar a un nuevo escenario económico liberal y posnacional. Se trata de los indicios de aquel liberalismo tardío, según la formulación geontocrítica de Povinelli (2016).
En ese marco, los trabajadores de Rafael Barrett en “El dolor paraguayo” son los desgraciados sobre los que se enuncia la posibilidad de construir una nación en relación con la propiedad de la tierra, una parte inescindible de la plantación; en la novela de Roa Bastos los soldados que circulan por la selva chaqueña deben luchar por esa tierra. A diferencia de Barrett, los personajes de Hijo de hombre asumen por momentos ya no una conciencia nacional, cuyo horizonte es puramente neocolonial, sino la supervivencia ante la temperatura que los abraza o las descargas aéreas del ejército boliviano. Se trata, en este sentido, de una resistencia natural que borra toda distinción entre lo viviente y lo no-viviente. Si la agencia no-humana, como fuerza inconsciente, atraviesa los cuerpos a través del paisaje selvático también es en este mismo espacio donde el estado liberal ha conducido a esos combatientes al rescate de los activos minerales, es decir, de una superficie ya captada para la futura extracción Aquí opera, en efecto, una forma de geontopoder en cuanto modulación situada en el campo de batalla dirimido entre nacionalismo y liberalismo.
La desestabilización de lo viviente y lo no-viviente en el marco de la pura extracción (Povinelli 2021) se hace patente en el desorden de cuerpos, las materias primas, las agencias naturales y nohumanas que atraviesan la escena bélica del Chaco Boreal. Es allí donde la imaginación técnica que propone la novela resulta insuficiente. Los camiones que transportan agua, los tanques y las mangueras no llegan para aliviar a los batallones de soldados paraguayos que caen uno a uno ante el calor abrazador. Los cuerpos asfixiados, calurosos y húmedos dejan de respirar y se vuelven por un lapso un compuesto más del violento paisaje chaqueño en disputa.
Una metáfora de Elizabeth Povinelli en Between Gaia and Ground parece ilustrar con suma precisión la zona en disputa en torno a un imaginario del carbono o carbónico:
El imaginario del carbono sería entonces la región palpitante con cicatrices entre la vida y la no vida, un dolor que nos hace prestar atención a una cicatriz que, durante mucho tiempo, ha permanecido entumecida y latente, pero no sin sentir. (2021, 136)
El carbono no solo es un elemento químico que está presente tanto en el cuerpo, en los bíos, como también en los geos a través del mundo orgánico, en la posibilidad de la extracción de los hidrocarburos. La metáfora de Povinelli es precisa porque permite imaginar sin ambigüedad las tensiones entre lo viviente y lo noviviente en la cicatriz del conflicto boliviano-paraguayo que narra Roa Bastos. La zona en disputa lejos de imaginarse como el campo de batalla presume de transformarse, por el contrario, en una escisión entre lo viviente y lo no-viviente: cuerpos, vegetalidad, humedad, calor y la selva chaqueña como espacio de extracción.
2. La excavación: la dimensión onírica de la extracción
Por otro lado, en el cuento de Roa Bastos “La excavación”, una narración geológica descansa en los bloques de tierra que se desprenden sobre un grupo de prisioneros que cavan un túnel y que retrotrae al joven protagonista a un pasado en las minas subterráneas detrás de las posiciones bolivianas, y deja traslucir un tiempo profundo que excede la temporalidad del Estado-nación. El cuento se sostiene entre dos niveles narrativos que son evidentes en la construcción de dos túneles. El primero, cuyo anclaje histórico tiene origen en la gesta nacional, en el sector de Gondra, entre la trinchera paraguaya y la trinchera boliviana, es recuperado como recuerdo, como una escena onírica de la utopía nacional. El segundo, cuya enunciación en presente es el tiempo material entre la podredumbre, el barro, lo orgánico y lo inorgánico, se mueve en torno al escape y la recuperación de la libertad.
Allí se evidencia, en efecto, una pragmática de la tierra, de los estratos geológicos que supone, paradójicamente, la vía de escape de una institución de control que, de acuerdo con la clásica formulación foucaultiana, “regula y controla los cuerpos”. Se trata, naturalmente, de la prisión como espacio de reclusión emblemático en la guerra civil paraguaya del año 1947. La narración expone la estadística poblacional de los prisioneros políticos encaminados hacia la muerte: algunos por enfermedad, otros por tortura y unos pocos más por suicidio, una operación cuantificable propia de la voz del narrador, el joven ingeniero y excombatiente Perucho Rodi, que parece no rendirse ante la enajenación del encierro. Asimismo, el registro temporal entre la duración de la guerra civil y la construcción del túnel: seis y cuatro meses, respectivamente, nos indican que la lucidez del joven excavador permanece ante la situación de semiasfixia.
Cuantificar las muertes, contar el tiempo de sobrevivencia y de reclusión en el centro de la nación periférica pretende significar, finalmente, las modulaciones negativas del biopoder que han llegado de la metrópoli tanto para la nueva vida nacional como para las subalternidades locales, como nos indica el narrador que recupera la nominalización barretiana como designación subalterna: “Esta estadística era la que regía la vida de esos desgraciados” (Roa Bastos 2017 [1953], 144).
No obstante, allí donde la biopolítica negativa se constituye como el marco de inteligibilidad para comprender, una vez más, las derivas del Estado-nación del Paraguay de entreguerras, es el escape, la huida de la prisión, lo que se revela como un acto geológico que, aunque violento, supone una resistencia al estado militar. La vida del joven ingeniero, protagonista del cuento, parece debatirse entre el hundimiento, el quedar sepultado entre capas y capas de tierra donde se yuxtaponen el cuerpo y la vida vivible, solo posible en la consumación del éxito de ese acto geológico radical.
La tierra excavada y los terruños de tierra que se desprenden gracias al plato de hojalata exhiben el momento en que la vida y toda agencia terrea se encuentran conectadas por la respiración: la que viene del cuerpo, la que proviene del aire que circula por el boquete que están cavando:
No le quedaba otro recurso que cavar hacia adelante con todas sus fuerzas, sin respiro; cavar con el plato, con las uñas, hasta donde pudiese. Se convirtió en un topo frenético. Sintió cada vez más húmeda la tierra. A medida que le iba faltando el aire, se sentía más animado. Su esperanza crecía con la asfixia. (2017 [1953], 145)
Allí en un escenario subterráneo, la humedad y la asfixia parecen llevar a un estadio de semiconciencia que exhibe el optimismo del joven ingeniero y activa el sueño-recuerdo de aquella gesta patriótica, pero también de una gesta geológica, la excavación. La falta de aire evoca paradójicamente el deseo de libertad que tiene el joven que cava ahora el túnel, el agujero en el perímetro de la prisión, como aquel que también cavaba cerca de la trinchera boliviana. El sueño y el recuerdo conectan, finalmente, las dos experiencias de excavación, pero también conectan los dos túneles:
Aquel túnel del Chaco y este túnel que él mismo había sugerido cavar en el suelo de la cárcel, que él personalmente había empezado a cavar y que, por último, sólo a él le había servido de trampa mortal; este túnel y aquél eran el mismo túnel; un único agujero recto y negro con un boquete de entrada, pero no de salida. Un agujero negro y recto que a pesar de su rectitud le había rodeado desde que nació como un círculo subterráneo, irrevocable y fatal. Un túnel que tenía ahora para él cuarenta años, pero que en realidad era mucho más viejo, realmente inmemorial. (2017 [1953], 148)
La conexión subterránea se vuelve, finalmente, un tiempo profundo, esto es, una escala geotemporal que no solo fusiona los dos niveles narrativos, sino que también vuelve sobre los enlaces entre temporalidades heterogéneas y el territorio, como han apuntado recientemente Gabriel Giorgi (2023) y Cristina Rivera Garza (2022).
Entre los cuerpos de los desgraciados y las diferentes agencias geológicas circulan, por tanto, diferentes energías e impulsos materiales (Yusoff 2018) que permiten desplazar la narración del lugar de la guerra para imaginar, en cambio, el sueño extractivo de la nación en ruinas: la tierra de los latifundistas o el oro negro para movilizar un desarrollo nacional que nunca llegará.
La inscripción de la vida de los desgraciados en la historia global se daba allí como una variante ya conocida entre la violencia de la extracción y el exterminio de las subalternidades:
Y así sucedía porque era preciso que gente americana siguiese muriendo, matándose, para que ciertas cosas se expresaran correctamente en términos de estadística y mercado, de trueques y expoliaciones correctas, con cifras y números exactos, en boletines de la rapiña internacional. (2017 [1953], 146)
Es allí donde la ficción de Roa Bastos, de manera transversal a la historia del Paraguay, anticipa, no en términos conceptuales, pero si valiéndose de una imaginación crítica, las conexiones entre extracción y necropolítica.
En suma, a partir de un fragmento accesorio en un relato o una novela, la escritura de Roa Bastos ya indicaba que las derivas del extractivismo se extienden sobre los mundos del Sur a través de capas de tierra o, dicho en otras palabras, de acuerdo con la imaginación subterránea de aquellos soldados que ya sospechaban que el futuro no era nacional.