La devastación de la universidad venezolana
En las últimas décadas, Venezuela ha vivido un proceso sostenido de deterioro institucional que ha derribado los pilares básicos de la vida democrática. La concentración y militarización del poder, el debilitamiento de los contrapesos, la persecución a la disidencia y la erosión sistemática de las libertades y garantías ciudadanas alteraron profundamente la esfera pública, así como la vida cotidiana y las subjetividades de la sociedad venezolana.[1]
En este contexto, la universidad venezolana también se convirtió en un objetivo de control y persecución.[2] La desproporcionada reducción deliberada de presupuestos, la imposición de estructuras paralelas de gobierno universitario, la intimidación a comunidades profesorales y estudiantiles, y la intervención de los procesos de admisión y de las elecciones universitarias fueron estrategias que, gradualmente, aplastaron la autonomía y la capacidad de nuestras casas de estudio de cumplir con su rol en la producción de conocimientos como bien público.[3] El impacto de este desmantelamiento se ha sentido profundamente en todos los niveles de la vida universitaria.
A su vez, el deterioro progresivo de los servicios públicos transformó las condiciones materiales básicas para sostener la vida universitaria, profundizando así las restricciones a la libertad académica. Los cortes de luz interrumpen clases, servicios y laboratorios, dañan equipos y obligan a reprogramar actividades. Estas afectaciones cotidianas reflejan un problema estructural mayor. Según el Observatorio Venezolano de Servicios Públicos, más del 70% de la población declara experimentar fallas eléctricas frecuentes, lo que evidencia que la precariedad del servicio forma parte del entorno habitual en el que opera el país, y por supuesto, las universidades. La falta del servicio de agua constante, por otro lado, no solo obliga a cerrar edificios enteros por razones sanitarias, sino que también vulnera el derecho a un ambiente seguro y saludable en el campus, en un país donde la enorme mayoría de los hogares solo recibe el servicio algunas horas a la semana y se ve forzada a almacenar agua para subsistir. A esto se suma la escasez de gasolina, que encarece o hace imposible el traslado de estudiantes y docentes.
Las carencias no se distribuyen de manera homogénea a lo largo del país. Mientras en Caracas el funcionamiento relativamente mejor de algunos servicios permite cierta continuidad académica, en ciudades como Punto Fijo, Maracay, Mérida o Ciudad Bolívar, la escasez de gasolina, los apagones prolongados, la constante intermitencia del servicio de agua y el transporte siempre colapsado hacen que el derecho a la educación universitaria se vea mucho más vulnerado que en la capital. Para muchos, especialmente en ciudades del interior, llegar a la universidad supone horas de cola en espera del irregular transporte público o en estaciones de servicio. Esto ha producido un enorme absentismo.
En esas condiciones, muchas profesoras y profesores, con décadas de servicio, perciben salarios que no les permiten cubrir sus gastos mínimos ni pagar un seguro médico apropiado, y por eso se ven obligados y obligadas a abandonar sus carreras. Otras se ven forzadas a migrar o a multiplicar trabajos para sostener a sus familias sin abandonar del todo la vocación académica. Este desgaste continuo no solo transformó las rutinas, sino que fracturó la investigación, los proyectos personales y colectivos, y obligó a la universidad a sostenerse solamente gracias a quienes, a pesar de tanta adversidad, se han negado a abandonar su labor. En este contexto, la actividad de investigación se ha hecho cada vez más difícil.
Una creatividad de urgencia y de empecinamiento
En medio de ese deterioro, grupos de la academia en Venezuela y de la diáspora académica han mostrado una sorprendente capacidad para crear nuevas formas de encuentro, colaboración y resistencia colectiva. Aún reconociendo el masivo deterioro del país, de nuestras universidades y de nuestra vida universitaria, en este ensayo nos queremos centrar en esta capacidad que llamamos creatividad de urgencia, para poner en palabras una serie de estrategias empecinadas, muchas veces desesperadas, para persistir en la labor académica. Nos referimos con ello a la búsqueda de intersticios y ranuras ante la opresión de un gobierno autócrata, para colarnos con nuestras reflexiones, pensamiento crítico e investigaciones, a fin de comprender, seguir y volver a la Venezuela que nos convoca.
Así, esta creatividad de urgencia es desplegada por quienes se han quedado y por quienes se han ido. Quienes nos quedamos en el país aprendimos a trabajar en redes, a levantar fondos con donantes externos, a cambiar los títulos de nuestras ponencias en conferencias, a fortalecer colaboraciones con colegas en academias internacionales, a utilizar correos encriptados, a borrar permanentemente los mensajes en nuestros intercambios virtuales, a tener respuestas de acción rápida y colectivas frente a ataques contra colegas. Nos empecinamos sobre todo en quedarnos en nuestra casa de estudios, en seguir dando clases, poniendo nuestros recursos y nuestros cuerpos, pese al severo desgaste. Si la universidad venezolana hoy persiste, es por la terquedad del personal académico y administrativo y de los estudiantes en contra de la opresión de la bota militar hacia nuestras subjetividades, actividades docentes y de investigación.
Quienes salimos del país tuvimos que forjar nuevas identidades, despedir a nuestros familiares y afectos, inventar una nueva logística de la vida, invirtiendo en múltiples mudanzas y en tratar de construir un nuevo hogar, hablar otros idiomas o adaptarnos a otras variantes del español, socializar en otros ambientes académicos, vivir con la añoranza, la pérdida y el duelo que viene con ella, y mucho, a persistir en las redes que nos vinculan al país. Una brecha podría ahondarse entre los que se quedan y los que se van ante las perspectivas más ensombrecedoras que se vienen asomando cada vez con más fuerza, sobre todo después de las elecciones presidenciales fraudulentas del año 2024 y el recrudecimiento de la represión posterior.
Digamos por ahora que, a pesar de la distancia, de la falta de recursos, de la dureza del insilio y del exilio, y de la sensación de ruptura que ha marcado a varias de nuestras generaciones académicas, gracias a esta creatividad de urgencia hemos podido construir y mantener, aún con muchas inequidades, los vínculos de la vida universitaria y la comunidad académica. En los reencuentros, muchas veces contingentes, han surgido diversas colaboraciones y proyectos que contribuyeron a expandir las investigaciones sobre Venezuela, contra todo pronóstico. Se han creado redes móviles de intercambios y reencuentros entre jóvenes investigadores que, desde dentro y desde la diáspora, han buscado reencontrarse con el país para estudiarlo y entenderlo, y profesoras más experimentadas que han acompañado etapas decisivas de la edificación y persistencia de la academia venezolana.
En medio de una profusión de alternativas muy diversas, podemos citar, por ejemplo, esfuerzos de exalumnos de universidades públicas que han creado fundaciones para, desde la distancia, apoyar nuestras casas de estudio; es el caso de AlumnUSB (Universidad Simón Bolívar Alumni Association of America). También se han constituido alianzas internacionales como Repensar Venezuela, desde la Universidad de Cornell, o el Venezuela Conflict and Peacebuilding Research Network, desde el Center for Inter-American Policy and Research (CIPR) en la Universidad de Tulane. Asimismo, nos hemos involucrado en esfuerzos conjuntos para acercar las investigaciones sobre Venezuela y las universidades en Venezuela. Un ejemplo de ello constituyen las V Jornadas de la Sección de Estudios Venezolanos de la Latin American Studies Association (LASA) en 2021. Para este encuentro, facilitado por la plataforma de LASA, los miembros de la Sección de Estudios Venezolanos, dentro y fuera del país, nos coordinamos virtualmente con muchos otros estudiantes y profesores. Después de meses de intensa preparación, durante los cuales se consiguieron fondos económicos y apoyos institucionales,[4] se llevó a cabo la jornada con treinta y cinco paneles, siete mesas redondas y tres conferencias magistrales, y se recuperaron los equipos para proveer de internet a una universidad en el interior del país. Gracias a este encuentro pudimos compartir investigaciones con estudiantes que, de otra manera, no habrían tenido acceso a ellas. Fue notable una fuerte sensación sobre la urgencia de esta conexión entre los de adentro y los de afuera, y los que están en tránsito.
En esos espacios, ciertamente limitados, fruto de esta creatividad definida por la terquedad, por la urgencia de buscar otros caminos para seguir, ha germinado un sentido de comunidad que el gobierno autoritario quiere roto y una pertenencia que muchos pensábamos perdida después de tantos atropellos a la vida universitaria. Al reconocernos en la voz del otro, en las investigaciones de ese otro que persiste en esa idea de un país llamado Venezuela, comprobamos que la comunidad académica venezolana sigue en pie; aunque dispersa y con enormes desigualdades, sigue vinculada por un fuerte deseo común de pensar, cuidar y transformar el país que nos convoca.
Nos ha tocado comprender y vislumbrar que la colaboración no depende únicamente de la cercanía física, sino de la voluntad de acompañarnos y sostenernos en medio de la incertidumbre. Cada conversación, a veces formal, a veces espontánea, ha abierto caminos para imaginar nuevas preguntas, concebir y diseñar investigaciones y debatir con franqueza sobre el país que seguimos intentando entender. Ese intercambio continuo, terco, nos ha devuelto la convicción de que pensar y actuar en colectivo es una forma concreta de resistir.
Nuevos desafíos. Volver a Venezuela
Al lado de nuestras redes, hemos observado con preocupación cómo se han consolidado ecosistemas de desinformación, cuentas de influencia y plataformas digitales que silencian a integrantes de la academia venezolana y menoscaban la diversidad de nuestro pensamiento, como parte de los movimientos autoritarios e iliberales en varios países alrededor del mundo.
En Venezuela, estas dinámicas perniciosas no provienen únicamente del bloque autoritario del gobierno, que las ejerce con fuerza, por cierto. También han surgido discursos y prácticas provenientes de sectores antichavistas y su ecosistema digital, incluyendo a influencers, comunicadores adeptos y plataformas de opinión de la parte derechista y radical de la oposición, que también reproducen formas de silenciamiento y escrache público. Incluso, hemos visto con estupor cómo se calumnian a académicas y académicos que se consideran disidentes de las líneas ideológicas y estratégicas de dicha dirigencia, vía artículos de opinión y redes sociales. Todas estas acciones que intentan disciplinar y reducir la diversidad de pensamiento representan también un cierre claro a la libertad de expresión y a la libertad académica.
Sin embargo, después de haber resistido la aplanadora autoritaria del gobierno durante más de dos décadas, nuestra comunidad ha desarrollado herramientas para identificar prácticas autoritarias, vengan de donde vengan. Lejos de debilitarnos, las presiones han fortalecido nuestra convicción de articular colaboraciones que permitan resistir para proteger nuestra labor, que en un país como Venezuela es también una responsabilidad social y un esfuerzo indispensable para imaginar futuros más justos que el tenebroso presente.
Estas experiencias, junto con las preguntas que guían nuestras agendas de investigación sobre autoritarismo, represión, violencia y democratización, no nos han paralizado. Por el contrario, nos han dado capacidades para resistir colectivamente. Hemos aprendido a reconocernos como comunidades con agencia, capaces de documentar, visibilizar, denunciar y defender nuestras libertades y agendas. Desde esa convicción, reafirmamos que la autonomía universitaria no es un privilegio, ni una concesión. Es una lucha colectiva incesante y la condición indispensable para desempeñar nuestro trabajo y ejercer el pensamiento crítico y basado en evidencia que toda sociedad democrática necesita para transformarse y sostenerse.
Durante las dos últimas décadas, también se han abierto caminos de resistencia que no podíamos anticipar y que han redefinido la forma en que hoy nos pensamos como sociedad. En una entrevista, María Elena Morán describe su novela Volver a cuándo (2023) como “una invitación a esa casa en ruinas que es nuestra historia reciente”, un llamado a observar de frente sus ventanas rotas y sus paredes desplomadas sin desviar la mirada. Ese “cuándo”, esa nostalgia de quienes confiaron en las promesas iniciales de la revolución, convive con otra nostalgia que idealiza la democracia perdida de un país anterior. Ninguna de las dos nos permite volver.
Por ello, nuestro “volver” no busca rescatar lo que fue —no existe ya— sino asumir las “ruinas compartidas” como punto de partida y denominador común para reflexionar, reconstruir vínculos, recrear comunidad, ejercer autonomía y forjar pensamiento crítico en las generaciones por venir. Morán explica que sus personajes han aprendido a “vivir dentro de sus propios cuerpos, que ahora son cuerpos en tránsito, en transformación, en crisis”. Esa metáfora, aunque dolorosa en distintas formas, da cuenta de la transformación de toda la sociedad venezolana, incluida su comunidad académica. De ahí que el “cuándo” no es, para nosotras, un simple recuerdo o nostalgia. Es un compromiso, así como un espacio personal y profesional, donde permanecen las aspiraciones que nos negamos a perder. Y ha sido esa mezcla de múltiples memorias arraigadas en Venezuela y el compromiso con nuestra profesión la que nos ha impulsado a “volver”, a reencontrarnos, a escucharnos y a imaginar de nuevo.
Dicho esto, poder “volver” no debe representar un privilegio de unas pocas personas. Sería incoherente hablar de reconstrucción desde las “ruinas compartidas” si no reconocemos que la crisis dejó a una generación entera sin la posibilidad de estudiar y privó a futuros investigadores de los recursos y condiciones que otros sí tuvieron antes. En ese sentido, la metáfora de Morán sobre los cuerpos en tránsito, en transformación y en crisis deja de ser solo literaria y se vuelve política: una democracia no puede edificarse desechando ni ignorando esos cuerpos, pues también ellos cargan con las fracturas más profundas del país.
De allí que un futuro mejor solo será viable a partir de un esfuerzo compartido, entre quienes se quedaron y quienes se fueron, y esperamos, junto con la solidaridad académica internacional, poder reconstruir una educación universitaria pública, accesible y de calidad que actúe como eje de igualdad y pluralidad, como espacio de reparación de lo perdido y de nuevas oportunidades. Entendemos ese “volver”, entonces, como un compromiso colectivo que exige abrir los caminos para que la sociedad venezolana pueda imaginar de nuevo.
Con ese propósito en mente, decidimos “volver”, cada día. En medio del insilio y la diáspora, de las distancias y de las heridas, hemos descubierto que reconstruir desde la generosidad y la comprensión mutua también es un acto de esperanza y de resistencia, y que Venezuela sigue viva en cada colaboración, en cada pregunta y en cada proyecto de investigación compartido. Allí, en ese “volver” que mira al pasado para entender el presente, se mantiene abierto el ideal de un futuro distinto, democrático y con libertades para toda la sociedad, incluida la académica.