Puede ser que el año 2025 sea recordado por buena parte de la comunidad universitaria de los Estados Unidos como el año en que perdimos el confort. Una fuerza política nos arrancó de pronto del statu quo, de una zona de privilegios desde donde ejercimos el pensamiento crítico con relativa comodidad. Se trataba de un privilegio relativo, pero aun así fue una forma de tener un lugar seguro desde donde desempeñar nuestra profesión. El sacudón fue fuerte y no sabemos adónde nos conducirá. Desde la zona de confort no se llegaban a ver todas las desigualdades pero habíamos avanzado en términos de ampliar notablemente nuestras investigaciones y hacer más diversas nuestras comunidades. Las últimas fueron décadas de cambios disciplinarios decisivos que nos proyectaron por fuera de los estudios regionales, de área, de identidad. Hoy estamos en un lugar de incomodidad absoluta y en este nuevo lugar hay que pensar, ahora, desde la pérdida pero también desde la creatividad.
En ocasiones, los tiempos de oscuridad nos obligan a buscar recursos nuevos de supervivencia. A veces esos recursos escasos se inventan, otras se reciclan a partir de ciertas experiencias que se fueron acumulando. No sé bien cómo definir el grado de oscuridad de nuestro tiempo, cuál es su intensidad (dado que se agrava semana a semana) pero, en todo caso, necesita que activemos nuevas prácticas de reflexión, nuevas formas de pensar y comunicar nuestras investigaciones.
Estos tiempos me llevaron de regreso a otros tiempos oscuros. Yo estaba en la escuela secundaria durante la última dictadura cívico-militar en la Argentina, a fines de los años 70. Luego estudié humanidades, en la universidad pública intervenida por el poder militar. Había policía en las calles y helicópteros sobrevolando sobre los principales blancos de las ciudades; en los cursos universitarios había agentes encubiertos. En las clases, en los medios, en la sociedad, había temas explícitamente prohibidos, censurados. Y también había otros temas que no se podían abordar a riesgo de ser denunciados y desaparecer. Había libros que no se podía leer, personas que no se podía mencionar y campos de estudio que eran especialmente sospechosos de generar desviaciones. Los profesores o los compañeros podían denunciar a cualquiera que mostrara una inclinación a pensar distinto. Ese momento tenía un nombre y se llamaba dictadura.
Tuve la suerte de conectarme, de un modo un poco azaroso, con los grupos de estudio que Beatriz Sarlo, Josefina Ludmer, Ricardo Piglia, entre otros, estaban dando de forma clandestina. Así estudié, así me formé. La universidad no solo era peligrosa, era tierra arrasada intelectualmente. Los grupos de estudio (o la universidad de las catacumbas) eran otra cosa. Allí, la literatura (nuestra “disciplina”) se iba convirtiendo en algo muy complejo, como nunca habíamos imaginado. Los clásicos, lo nuevo, la teoría, la sociología de la cultura, todo se volvía un disparador de curiosidades, de posibilidades, de preguntas, en medio de la oscuridad. En mi caso, aprendí a entender por qué me gustaba lo que me gustaba y aprendí una lengua para expresarlo. También aprendí a que me gustasen otras cosas. Toda mi formación primera fue a través de libros fotocopiados clandestinamente, de clases informales. No fue un momento de privatización de la educación, como algunxs quieren hacer ver, apresurando la denostación woke. Fue un momento de carencias y despojos, de censura, represión y peligro; pero fue también un momento en que compartimos generosamente lo poco que teníamos y resistimos creando redes allí donde el tejido social había sido dañado de modo intencional. Creamos, así, nuevas comunidades intelectuales y afectivas.
Así estudié. ¿Cómo fueron acumulándose en mí esos saberes, esos textos que devorábamos, entendiendo a medias, en una confusión de lenguas, con la arbitrariedad de lo apenas disponible, en un escenario de carencia cultural? Es todavía un misterio para mí. Creo que la pasión que poníamos nos salvaba de todo. Esperábamos las reuniones de los grupos de estudio con avidez; era el momento de la semana en que aprendíamos también a darles forma a nuestras experiencias y a definir, con algo más de claridad, lo que queríamos hacer en el futuro. Idiomas desconocidos, voces, fotocopias grises cuyas letras, con el tiempo, fueron disolviéndose: esas fueron mis primeras herramientas. Teníamos el deseo de apropiarnos de todo lo que no sabíamos y que la dictadura nos estaba negando. Porque sabíamos que había un futuro en el que podríamos ponernos en movimiento otra vez. Nos formábamos precariamente no solo para sobrevivir sino para actuar cuando los tiempos oscuros se diluyeran. Trabajábamos para el futuro, a veces sin saberlo, pero pensando que el presente represivo no podía durar para siempre. Creamos una suerte de horizonte de futuro.
La participación en los grupos de estudios, que se prolongó tres o cuatro años, hasta la llegada de la democracia, me dejó muchas cosas. Pero la principal fue la convicción profunda de que actividades como aprender, leer críticamente, discutir, eran algo que se hacía en la clandestinidad, algo que no se hacía abiertamente y, mucho menos, de manera formal. Aprendí a participar de discusiones teóricas, a argumentar sobre cuestiones intelectualmente complejas, en la sala de mi casa. También aprendí a sentirme “en casa” con esos saberes. Claramente, eso fue una desventaja para mi formación, pero del hecho de no sentirme cómoda en las instituciones también aprendí ciertas cosas que me resguardaron de una profesionalización vana.
Varias décadas después—habiendo enseñado en universidades públicas y enseñando en una universidad privada como Columbia—, cuando doy clases o participo de una conferencia o panel, la impresión de que estoy haciendo algo fuera de lugar es una sensación profunda.. En mi experiencia, pensar y conspirar coincidieron. Ese desacomodo, esa sensación de estar transgrediendo algo, persistió por mucho tiempo. Y hubo algo muy bueno en eso (quizá porque también trabajé desde la falta de confort).
Cuando pienso en las carreras de mis colegas de otros países o de lxs más jóvenes me admira la “naturalidad” de su relación con el saber, con las instituciones, con los libros. Es algo a lo que yo no termino de acostumbrarme porque me formé de otra manera. La dictadura nos tocó, a diferentes generaciones, en diferentes momentos de nuestras vidas. En mi caso, coincidió con años formativos (fin del secundario, primeros años de la universidad) y marcó un modo de vincularme con el saber, con la institucionalidad, con la censura y la libertad. Trabajé contra lo peor de aquel momento y de aquella formación pero, cuando las cosas cambiaron, mantuve la incomodidad frente a cualquier intento de estabilidad.
En aquella universidad, en aquella sociedad del terror, aprendí dos cosas. Aprendí algunas estrategias de resistencia política y algunas formas de resistencia intelectual que, en realidad, son dos experiencias que en el contexto de la dictadura se hacían juntas. Cuando las formas del activismo tradicional no eran posibles, había que transformar la política en otras prácticas. Poco a poco (y quizá con una idea ingenua del progreso en la historia) se fue saliendo de aquel limbo para siempre. O eso creía yo. Porque hoy sentimos la amenaza, nuevamente, de trabajar con palabras censuradas, temas que pueden ponernos en peligro, de que nuestra capacidad de comunicar nuestras ideas, de retransmitir saberes, de discutir el presente está amenazada.
En las últimas décadas, en las sociedades occidentales, se ganaron muchos derechos y eso parecía la democracia, una ampliación de la inclusión social. No sé cómo se llaman las restricciones contemporáneas porque no sé adónde van a llevarnos. Haber sobrevivido la dictadura no me da más recursos que los que tienen quienes no la vivieron, pero sí me da la posibilidad de compartir nuevos valores con mis colegas, entrar en nuevas redes de comunicación. Compartir el peligro es también poder compartir el futuro, que es nuestro desafío.
Y, para finalizar, quería situar esta reflexión en el contexto de LASA. El latinoamericanismo, como disciplina, abarca una pluralidad de campos y su contenido y alcance se redefinen constantemente. Creo que debemos seguir contribuyendo, desde cualquier lugar del mundo, a consolidar y expandir la relevancia de la disciplina y seguir acompañando los cambios disciplinarios a lo largo de las décadas. Creo también que debemos seguir reconociendo las diversas tradiciones en las que nos hemos formado los latinoamericanistas y los diversos campos en los que nos desarrollamos. Hagamos ciencias políticas, historia, educación, literatura, estudios culturales, estudios de género o de raza, estudios ambientales, latino studies, etc. (y esta lista se va modificando constantemente), todos y todas estamos involucradxs con la producción de nuevos saberes y comprometidxs con nuestras sociedades, con sus historias, sus luchas. Y ahora tendremos que hacerlo desde otros compromisos. Se le pueden sacar ventajas al hecho de trabajar en condiciones de negatividad, en tiempos de oscuridad. Hay vida después del confort.